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  • Writer's pictureElidio La Torre Lagares

Los muertos de Marta

Violeta Cruz, una de las voces narradoras de esta magistral novela, se dedica, además de escribir partes de la novela que leemos, a componer boleros y a disecar cadáveres.

En Sexto sueño, la más reciente novela de la escritora puertorriqueña Marta Aponte Alsina, Violeta Cruz, una de las voces narradoras de esta magistral novela, se dedica, además de escribir partes de la novela que leemos, a componer boleros y a disecar cadáveres. Es una mujer que, además de ser bolerista, endurece el tiempo con sus manos y recrea la memoria con las palabras. Y es que en cierto modo toda novela es un acopio de cadáveres que se convocan en la página escrita. Por tanto, el oficio de embalsamadora y el de novelista no quedan tan yuxtapuestos como pareciera.


Esta novela celebra la muerte y los muertos —y un cadáver es un cadáver es un cadáver— como una inevitabilidad de la vida. Aquí todo caduca: los sueños, la realidad, el amor, el sexo, la vida y los actos. Persiste la inclinación a confundir las hazañas con las infamias, dice la autora. Los muertos de Marta tienen diversos registros, ya sean íntimos, públicos, sociales o políticos.


La recuperación de un mundo perdido sólo puede traer desencanto, ha dicho Bataille. Y en estos tiempos históricos de inestabilidad e incertidumbre en Puerto Rico, sería casi necesario hacer una lectura política de esta genial obra de Aponte Alsina, aunque para algunos de mis contemporáneos ello constituya una práctica de mal gusto, tabú o ejercicio fútil de búsqueda fenomenológica. En todo caso, para Aponte Alsina, el comentario social y político no es ajeno ni nuevo, como tampoco vacila en situarse entre el espacio funéreo de la literatura puertorriqueña. "Qué importa", dice la narradora, "Todas las vidas en la última mirada", como toda literatura se transforma en la lectura.


Sabemos, como apunta Lotman, que el texto es un componente de la obra, pero no es toda ella. De este modo, la obra no se comprende exclusivamente de las relaciones internas del texto. Y ciertamente, en Sexto sueño habitan claves interesantes que aportan a esa dimensión extratextual de la novela. Para comenzar, Violeta (el color de la asfixia) Cruz (el signo del sacrificio) se enfrenta al cuerpo de Nathan Leopold, anglo-americano acusado y convicto por asesinato, quien, al tiempo de haber cumplido largos años de condena, es liberado y provisto de una opción de aislamiento geográfico en el poblado de Castañer. El dato no es fortuito: este lugar remoto del centro-oeste de la isla de Puerto Rico ejemplifica toda la historia colonial puertorriqueña. Fundado por la familia española de los Castañer, el lugar pasó alrededor de los 1930 al dominio de los misioneros angloamericanos del Church of Brethren, de denominación bautista, y cuya primera obra fuese la construcción uno de los hospitales más importantes en una zona carente de signos de modernidad. De hecho, la primera iglesia bautista en Puerto Rico se fundó en agosto de 1898, a pocas semanas de la invasión estadounidense a la isla caribeña y la caída del dominio español. Así que, de primer plano, ya tenemos una primera muerte como contexto.


Sexto sueño —que se ubica justamente a seis grados de separación del Primero de Sor Juana— despliega una elegante artesanía discursiva, un regodeo y deleite con las palabras en una traslación narrativa pautada pero sin pausa, suma de secuencias que oscilan de la primera a la segunda y tercera persona gramatical (nunca se sabrá cómo hay que contar esto —dice Cortázar—, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuas formas que no servirán de nada). Por eso, con destreza y elegancia, Sexto sueño presenta dentro de su estructura piramidal y principio cohesor de construcción, un ángulo superior donde se localiza la fecha del 9 de enero de 1965 como vértice del nivel de los hechos: el de los años sesenta en Puerto Rico, que fueron la última gran década de ese cadáver que es el Estado Libre Asociado de Puerto Rico.


Nada de esto, claro, se nos dice directamente; tan sólo nos ronda como un fantasma. No por eso es menos relevante, pues, ciertamente, la literatura obra de maneras misteriosas.


Aponte Alsina focaliza la historia a través de Violeta, Leopold y del cantante Sammy Davis, Jr. Pero es el personaje objeto de Irenaki, la momia que Leopold secuestra, quien se erige como símbolo de un deseo de preservación de la identidad del alma. El cuerpo es sólo jaula, pero la momia es lo imborrable: el tiempo, la experiencia, la memoria. Ésta es la dimensión íntima de los seres humanos, la misma en la cual la narradora tendrá que hurgar para llevarnos al hipotálamo de la historia. Entonces, como embalsamar un muerto, la novela que inicia de afuera hacia dentro, progresará en su sentido inverso en un relato que se construirá por regresión de esencia, y dónde la momia representará todo lo muerto que de algún modo vive entre nosotros, como un poderoso signo semiótico —sumo cadáver que, aunque ya se haya ido, nos queda en su propia ficción.


Como la historia.


O como el cuerpo de Leopold al inicio de la novela.


No es casualidad que "el asesino del siglo" sea estadounidense: los Estados Unidos han vivido de la guerra por décadas consecutivas desde la Segunda Guerra Mundial, lo que me hace pensar que Leopold bien pudiera ser el cadáver del último imperio del mundo. Su discurso abre brechas para sospechar que esto, en una de las múltiples y ricas lecturas de esta novela, pudiera ser así. De hecho, cuando el personaje de Sammy Davis Jr. confiesa ante Leopold que ha sido victima de la persecución y el racismo, el segundo le contesta: "Exagera. No hay persecución en América, es la tierra de los hombres libres, la patria de los machos valientes".


La lectura es del que lee, y por eso me es interesante considerar la manera en que entra Violeta —quien es puertorriqueña— en la ecuación de la lectura política de esta novela. Al inicio de la misma, Leopold yace inerte bajo las manos de Violeta, quien lo contempla, en rapto casi necrofílico, intoxicada de belleza, como quien se enfrenta a la expectativa de lo venidero. Por ello, en medio del peor momento en la historia política de Puerto Rico y su relación con los Estados Unidos de América, ¿será un presagio? ¿Una profecía? ¿Acaso nos enfrentamos los puertorriqueños a un cadáver que quedará con nosotros? ¿O será Leopold la evocación de nuestra propia muerte? ¿Presentimiento? ¿Visión? Consideremos que, en el espiritismo —ese gran tema de Alejandro Tapia Rivera, a quien Aponte Alsina ha estudiado bien—, el "sexto sueño" se relaciona con el llamado "sexto sentido", el cual facilita la percepción intuitiva del mundo del más allá —o más acá—, algo que parece incidir de algún modo en Violeta, cuya madre y abuela "celebraban sesiones espiritistas a plena luz en el comedor caluroso".


En cualquier caso, el sexto sueño, en el mito hindú, es el estadio último de la psiquis antes de alcanzar su séptimo cuerpo, que es el Nirvana, o el séptimo sueño. El sexto sueño corresponde al sexto cuerpo, en el cual se cruza el umbral de lo consciente-inconsciente y lo material-inmaterial. Después del quinto sueño, desaparece el Yo, y ya, como en la posmodernidad, no hay distinciones. El sexto cuerpo sueña con el cosmos, y una vez se trasciende lo individual, el tiempo y el espacio, dicho estadio onírico se torna en la topografía de los mitos cósmicos. Y todo lo que queda para mediarlos es, como en la novela de Aponte Alsina, el lenguaje.


El día es el preámbulo de una noche maravillosa, dice Aponte Alsina, y añade: "Ni siquiera tú, mi niño lector, te distinguirás de los muertos consentidos por la piramidal Violeta".


Leopold será el otro cuerpo momificado, una imagen perseverante en la memoria, como toda esa literatura que nos precede, que muchos se cargan en acumulación de náuseas, y que aquí queda conjurada y a la vez superada -sin la arrogancia literaria de los novelistas beginners- para probarnos que, en efecto, somos todos nuestros muertos.

Y es cierto. Como dice Marta, ninguna escritura supera el esplendor de un epitafio.


Publicado en septiembre, 2008, en Otro lunes.


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