El loco de Dios, o la escritura en el borde de la fe
- Elidio La Torre Lagares
- hace 2 días
- 6 Min. de lectura
Este libro no es una crónica vaticana ni una biografía encubierta del papa Francisco. Tampoco es un alegato anticlerical ni un ejercicio de reconciliación espiritual. Es algo más incómodo.

Una puerta cerrada —la entrevista que no llega, el permiso que se demora— y, de pronto, la literatura deja de ser simple encargo para volverse destino: un itinerario donde el narrador se obliga a convertir el obstáculo en forma. En El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas asume esa conversión con una lucidez que es, a la vez, programática y vulnerable: el libro “ya no sería solo un libro sobre el loco de Dios sino también un libro sobre el loco sin Dios” y, por eso mismo, “una mezcla extravagante de crónica y ensayo y biografía y autobiografía” que debía funcionar como “búsqueda”, incluso como “thriller”, “una persecución” hasta “el fin del mundo” para preguntar por “la resurrección de la carne y la vida eterna”.
Esa poética de la pesquisa (y del rodeo) es la primera clave artística: la obra se escribe desde el movimiento, no desde la tesis.
Lo notable es que esta persecución no se funda en la fe sino en su ruina. Cercas confiesa una condición paradójica: no cree en Dios ni en la vida eterna, pero no por eso queda indemne del deseo que esas ideas alojan. Su interés por la inmortalidad no se ofrece como una curiosidad exterior, sino como la presión íntima de una herida metafísica que no se nombra con grandilocuencia sino con anatomía: la angustia aparece como “una bola alojada en la garganta”, una “esfera” que ocupa “un espacio tangible”, y ese espacio “es una ausencia tangible” que, al final, tiene nombre: “la ausencia de Dios”.
La literatura, entonces, se vuelve una operación material: escribir para “arrancármelo de la garganta”, para “pulverizarlo con palabras”. He aquí el gesto estético decisivo: el lenguaje no adorna el vacío; lo trabaja como si fuera una sustancia.
Ciertamente: no se viaja a Mongolia para llegar a Mongolia. Se viaja para ir más allá de aquello que todavía puede decirse sin resquebrajamientos. En El loco de Dios en el fin del mundo, el desplazamiento geográfico —signo de la narrativa en movimiento— es apenas una coartada: lo que verdaderamente se atraviesa es una zona de fricción donde el lenguaje moderno —racional, escéptico, ilustrado— comienza a fallar, no por exceso de oscuridad, sino por una claridad insuficiente para responder a la pregunta más antigua: ¿qué hacemos con la muerte cuando ya no creemos en la vida eterna, pero tampoco podemos renunciar del todo a ella?
Este libro no es una crónica vaticana ni una biografía encubierta del papa Francisco. Tampoco es un alegato anticlerical ni un ejercicio de reconciliación espiritual. Es algo más incómodo y, por eso mismo, más literario: una escena de pensamiento. Cercas escribe desde el lugar exacto donde la fe no regresa, pero tampoco se disuelve; donde la incredulidad ya no basta como identidad moral; donde la literatura aparece no como sustituto de la religión, sino como su resto activo, su espectro persistente.
Desde la primera página, el narrador se define por negación: ateo, laicista, anticlerical, racionalista. Pero esta enumeración no funciona como blindaje ideológico, sino como exposición. El yo que habla no se protege; se entrega. Se presenta como alguien que ha perdido la fe, pero no ha perdido el problema de la fe. Y esa distinción es decisiva. Porque la fe, en este libro, no es una doctrina: es una herida antigua que no cicatriza del todo, una forma de deseo que ha sobrevivido a su objeto.
La novela —porque esto sigue siendo una novela, aunque se disfrace de ensayo, diario o reportaje— se articula en torno a una pregunta aparentemente sencilla y secretamente devastadora: ¿volverán a encontrarse los muertos? No se trata de una cuestión teológica, sino filial. No es el narrador quien pregunta; es la madre quien espera. Y la literatura, aquí, no interviene para consolar ni para desenmascarar, sino para sostener la pregunta sin clausura, para impedir que se vuelva consigna o dogma.
Cercas entiende algo fundamental: que la modernidad no ha abolido el deseo de inmortalidad, solo lo ha dejado sin lenguaje legítimo. Sabemos que no creemos, pero seguimos queriendo. Y ese querer —no del todo confesable, no del todo razonable— es el verdadero núcleo narrativo del libro. En ese sentido, El loco de Dios en el fin del mundo no trata sobre el papa Francisco, sino sobre lo que queda del cristianismo cuando ya no podemos creer en él como creían nuestras madres, pero tampoco podemos desentendernos de la ética que produjo.
La figura del papa aparece entonces no como centro, sino como superficie de proyección. Francisco es leído menos como autoridad que como síntoma: síntoma de una Iglesia que intenta desplazarse hacia las periferias, pero también de una cultura secular que necesita, aunque no lo admita, una gramática del cuidado, de la humildad, de la fragilidad. El papa es el “loco de Dios” porque insiste en una lógica que el mundo considera improductiva: la del descenso, la del abajamiento, la del último lugar. Y esa locura —que Chesterton celebró, que Nietzsche combatió, que el humanismo secular heredó sin nombrarla— es puesta en escena como una paradoja viva.
Narrativamente, el libro avanza por digresión, no por acumulación. Cada episodio —una conversación, una anécdota, una cita filosófica, un recuerdo de infancia— funciona como un pliegue del pensamiento. No hay progresión lineal, sino espirales de sentido. El yo vuelve una y otra vez a los mismos puntos: la madre, la muerte, la fe, la Iglesia, la literatura. Pero nunca regresa igual. El movimiento no es circular; es reflexivo. Como si pensar consistiera en rodear un núcleo que no se deja ocupar.
En este punto, la novela se revela como una ética de la escritura. Cercas no escribe para demostrar nada. Escribe para no traicionar la complejidad. Rechaza tanto la burla fácil del creyente como la apología sentimental de la fe. Lo que propone es más arriesgado: una escritura que se mantiene en el umbral, que acepta la incomodidad de no saber y la convierte en forma. En tiempos de polarización moral, esta posición es casi subversiva.
La literatura aparece aquí no como refugio, sino como campo de tensión. No salva, pero tampoco anestesia. No promete sentido, pero impide el cinismo. En este libro, escribir es una manera de no mentirse: ni fingiendo creer, ni fingiendo que creer ya no importa. La prosa de Cercas —clara, ensayística, irónica sin ser cruel— sostiene esa ambivalencia con una precisión notable. Cada frase parece escrita contra dos excesos: el del dogma y el del sarcasmo.
Hay, además, una intuición filosófica de gran alcance que atraviesa el texto: que el cristianismo, más allá de su verdad metafísica, produjo una mutación ética irreversible. La idea de que todos los seres humanos merecen dignidad no es un dato natural; es una invención histórica. Y aunque hoy la formulemos en términos laicos —derechos humanos, igualdad, justicia social—, su genealogía sigue marcada por aquella figura que murió en la cruz sin resistirse. En este sentido, incluso el ateo más convencido sigue habitando un mundo cristianizado en su moral.
El narrador lo sabe, y por eso no puede deshacerse del cristianismo como quien se deshace de una superstición infantil. Lo que está en juego no es la verdad de Dios, sino la herencia de una forma de mirar al otro. El loco de Dios no es solo Francisco de Asís ni el papa Bergoglio; es también el gesto —todavía incómodo— de considerar al débil no como un error del sistema, sino como su medida.
Hacia el final, y como ya se anticipa, no hay conversión ni desenlace teológico. La pregunta por la resurrección queda abierta, como debe quedar. Pero algo se ha desplazado: no en las creencias, sino en el modo de habitarlas. El narrador no cree más que al inicio, pero comprende mejor lo que estaba en juego cuando creía. Y esa comprensión —no redentora, pero lúcida— es uno de los logros más profundos de la obra.
El loco de Dios en el fin del mundo es, en última instancia, un libro sobre la intemperie contemporánea: sobre vivir sin certezas últimas, pero sin renunciar del todo a la pregunta por el sentido; sobre escribir cuando Dios ya no responde, pero la muerte sigue preguntando. En ese espacio precario, la literatura no salva, pero acompaña. Y quizá eso —solo eso— sea hoy su forma más alta de verdad.





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