El volumen del tiempo: la narración sin pausa pero sin prisa de Solvej Balle
- Elidio La Torre Lagares
- hace 2 días
- 6 Min. de lectura
La novela de Balle, lejos de ser simple arte del relato, es una ontología sensible del tiempo humano: el laboratorio donde la duración, en todas sus formas, se vuelve experiencia estética.

La narración, en tanto productora de espacios, no se remite simplemente a describir el tiempo, sino que también lo produce, lo suspende, lo hace audible. Si bien la literatura —la palabra escrita— es un campo visual, también es sombra de la palabra sonora. La paradoja de estar en movimiento y estar quieto a la vez es tan clara como el momento en que me creo en plena quietud en mi escritorio y sin embargo la tierra se mueve, y yo con ella. Complejo como el gato de Schödinger, Solvej Balle publica una novela en siete tomos donde la única constante es la fecha: siempre es 18 de noviembre. Todo se mueve, menos el tiempo.
En su novela On the Calculation of Volume I, Balle ensaya una experiencia radical de la temporalidad: el tiempo se coagula en un único día que se repite con variaciones casi imperceptibles. Tara Selter despierta siempre al mismo amanecer gris, escucha los mismos pasos, los mismos ruidos del refrigerador, los mismos golpecitos del lápiz sobre el papel. Este fenómeno, inexplicable e irreductible, sustrae a la protagonista de la continuidad histórica y desmantela la arquitectura narrativa tradicional. Al abolir el futuro, la novela convierte al presente en volumen, en materia densa, en una especie de espesor suspendido que solo puede percibirse mediante sus fluctuaciones mínimas.
Es aquí donde precisamos la mirada iluminadora del filósofo y narratólogo Mark Currie para transparentar la operación literaria de Balle. En About Time, Currie afirma que vivimos el presente como «objeto de una memoria futura», un punto ya anticipado por el relato que construiremos más adelante. El presente, lejos de ser un instante puro, es siempre un pliegue entre la retención y la proyección. «The present is the object of a future memory», escribe, y en esa frase se condensa la paradoja de la temporalidad contemporánea: anticipamos incluso aquello que aún no ha sucedido.
Pero Balle desmonta este esquema desde su interior.
En su novela, la futurición queda suprimida, y sin embargo la estructura de la anticipación permanece, como un mecanismo sin objeto. Tara no puede prever nada nuevo, pero anticipa todo lo que ya conoce: sabe que Thomas encenderá la tetera, que la luz gris entrará con cierto ángulo, que los sonidos de la casa la acompañarán como un mantra cotidiano. Se trata de una prolepsis vacía, un horizonte clausurado en el que la repetición sustituye al devenir. Cada gesto reproduce con exactitud el orden del día, pero cada reproducción revela también una microdiferencia, una vibración mínima que señala que el tiempo no está del todo inmóvil.
Esta ambivalencia del presente repetido—su estatismo y su leve ondulación—evoca inevitablemente el pensamiento proustiano. En À la recherche du temps perdu, el tiempo tampoco es lineal: irrumpe desde la memoria involuntaria, se expande desde el pasado, invade el presente y reconfigura la identidad del narrador. Proust muestra que el tiempo se aloja en las sensaciones, que un sabor o un sonido puede devolver un mundo entero. La magdalena no revive el pasado; lo proyecta con una intensidad renovada, lo vuelve vibrante en el instante.
Balle invierte esta lógica. Allí donde Proust descubre el pasado en el presente, Balle descubre el presente en sí mismo, pero multiplicado. No hay un tiempo perdido que recuperar, sino un tiempo detenido que medir. Tara anota: “I have counted the days and if my calculations are correct today is the eighteenth of November #121”. La numeración revela que el presente no es un punto: es una serie. Balle convierte a su protagonista en una topógrafa del día sin fin, en una conciencia que registra con exactitud casi científica las modulaciones de un ahora incesante.
La autora danesa comenzó a trabajar la idea de esta novela en 1987. Aún trabaja los tomos seis y siete en su lengua, y al español apenas alcanzamos los primeros tres volúmenes.
Currie recuerda la paradoja clásica: cualquier duración del presente se divide inevitablemente entre lo que ya ha sido y lo que todavía no es. El presente, en sentido estricto, no existe. Balle transforma esta paradoja en principio estructural. El 18 de noviembre no es un eterno retorno idéntico: es una zona liminal donde la mínima variación adquiere valor ontológico. El vuelo leve de un pájaro, la humedad del aire, la textura de una sombra: todo fluctúa, y cada mínima alteración confirma que la repetición nunca es simple repetición. La novela se vuelve una fenomenología extrema del presente, una exploración del espesor temporal que solo emerge cuando el devenir ha sido arrancado de raíz.
Currie insiste en que la anticipación es constitutiva del relato contemporáneo. Sin embargo, en Balle la anticipación ya no es avance narrativo, sino circuito interno. Tara vive en un tiempo que no puede prometer nada, y aun así todo en su experiencia está marcado por un saber pre-reflexivo: los sonidos, los movimientos, la luz, todo regresa con la exactitud de un rito. Esta anticipación sin futuro redefine la prolepsis como experiencia afectiva: el futuro no existe, pero su forma persiste como hueco.
Balle escribe, así, una ontología del anticipo sin novedad, donde la expectativa se ha vuelto forma vacía. Si Proust podía afirmar que la vida solo adquiere forma en la memoria, Balle demuestra que el presente también puede adquirir forma cuando se niega a avanzar.
El sonido es el territorio donde esta reflexión alcanza su dimensión más honda. Desde las primeras páginas, Tara declara: “I have got used to the sounds… I have got used to footsteps on the floor and doors being opened and closed.” Los sonidos forman una cartografía temporal: la casa respira, se articula, produce ritmos. Cada ruido es un marcador del día. La tetera, los pasos de Thomas, el roce del lápiz: todo compone una estructura acústica que reemplaza al reloj, que organiza la percepción del tiempo detenido.
El sonido, en Balle, no solo indica el tiempo: lo produce. Es un campo aural.
En ausencia de cambio histórico, la temporalidad se reduce a variación rítmica. Un crujido más fuerte que ayer, un silencio más denso, un golpe más breve: estas microdiferencias son los acontecimientos de un mundo sin acontecimientos. El sonido se convierte en la forma mínima de duración.
Hay aquí una resonancia profunda con la sensibilidad proustiana. Proust también escucha el tiempo: las campanas de Combray, los pasos de Françoise, el crujido de la madera. Pero allí el sonido convoca el pasado; en Balle, convoca el presente. Proust revela el tiempo mediante la memoria; Balle lo revela mediante la repetición.
El silencio cumple un rol complementario. Cuando Thomas abandona la casa, Tara escribe que «there is silence… only my own sounds». Este silencio no es vacío; es el fondo contra el cual la conciencia se escucha a sí misma. El silencio es el marco ontológico de la repetición: sin él, los sonidos no podrían adquirir su espesor temporal.
En el límite, el sonido en Balle funciona como frontera entre dos regímenes temporales: el tiempo lineal de Thomas—que no percibe la repetición—y el tiempo suspendido de Tara. Escuchar es también, para ella, saber que existe otro tiempo inaccesible, un mundo que avanza mientras ella permanece.
Currie observa que la modernidad tardía vive en un “presente perpetuo”, un colapso de la historicidad. Balle lleva esta intuición a su extremo: su presente es tan absoluto que ya no necesita futuro para sostenerse. En ese presente saturado, el acontecimiento se reduce a su mínima expresión: un sonido, un cambio leve en la luz, una sombra que pasa.
La novela es una poética del casi-tiempo: cada variación ínfima se vuelve acontecimiento porque el sistema narrativo ha suprimido el devenir. Tara se vuelve una especialista en lo minúsculo. El lector, siguiendo el ritmo de la prosa, aprende a percibir como ella: a sentir que un día puede estar lleno de microcambios, que la repetición revela una riqueza interior inesperada.
Currie sostiene que la narrativa posee un conocimiento del tiempo que la filosofía conceptual no puede alcanzar. La novela encarna el tiempo, lo hace sentir. Balle confirma magistralmente esta idea: la repetición del 18 de noviembre no es solo un concepto, es una experiencia. La lectura se vuelve ritual, imitación de la repetición vivida por Tara. El lector, como la protagonista, pierde el sentido del avance, aprende a medir el mundo por sonidos, sombras y silencios.
Proust también afirmaba que solo la literatura puede devolver el tiempo como experiencia plena. En él, la memoria reconstruye la vida; en Balle, la repetición la desarma. Pero en ambos, la temporalidad es materia estética: el tiempo es el protagonista real.
Balle, Currie y Proust configuran tres modos complementarios de pensar el tiempo. Si Proust muestra que el pasado habita el presente y Currie revela que el presente es ya futuro anticipado, para Balle el presente puede ser también un volumen detenido.
Lo que nos queda es una topología de la duración donde la narración no solo describe el tiempo: lo produce, lo suspende, lo hace audible.
Balle encarna el tiempo como repetición; Currie, como anticipación; Proust, como retorno. Juntos permiten comprender que la novela, lejos de ser simple arte del relato, es una ontología sensible del tiempo humano: el laboratorio donde la duración, en todas sus formas, se vuelve experiencia estética.





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