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El yo infiltrado: hegemonía, escisión y escritura en Juan José Millás

  • Foto del escritor: Elidio La Torre Lagares
    Elidio La Torre Lagares
  • hace 2 días
  • 7 Min. de lectura

Ese imbécil va a escribir una novela se desplaza como una poética del sujeto infiltrado, donde la identidad no se presenta como esencia ni como relato coherente, sino como articulación precaria.


@Jeosm
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Juan José Millás siempre me ha parecido un escritor entre dos ríos: por un lado se destaca como figura canónica y por otro fluye con un excentricismo a contracorriente. Su centralidad innegable en la literatura española de hoy viene remontando desde finales del siglo XX, a pesar de que su obra ha operado siempre en los márgenes de los géneros dominantes, desestabilizando las jerarquías tradicionales entre novela, ensayo, periodismo y autobiografía.


Su más reciente novela, Ese imbécil va a escribir una novela (Alfaguara 2025) lo sitúa nuevamente en esa zona de indeterminación genérica donde autobiografía, ensayo y ficción no se articulan como síntesis reconciliada, sino como campo de fricción discursiva. El texto no ofrece un relato de vida estabilizado ni una reflexión teórica sistemática, sino una escritura atravesada por la sospecha: sospecha sobre la identidad, la memoria, el lenguaje y, en última instancia, sobre la legitimidad misma de escribir. Pero sobre todo, la del lector al leer.


Ese imbécil va a escribir una novela se desplaza como una poética del sujeto infiltrado, donde la identidad no se presenta como esencia ni como relato coherente, sino como articulación precaria, y donde la escritura opera como práctica crítica de desajuste frente a la erosión del sentido.


Ernesto Laclau y Chantal Mouffe argumentarían que en la novela de Millás, el yo que emerge en el texto puede entenderse como un significante vacío: un lugar inestable donde confluyen y se disputan sentidos heterogéneos sin alcanzar una clausura hegemónica definitiva.


La escisión originaria, desde su dislocación y subjetividad articulada, activa una lógica de duplicación que excede lo anecdótico para adquirir valor estructural. Así, a partir de la escena en que el narrador, de niño, enfermo y febril, acompaña a su madre a una sucursal del Banco Hispano Americano, se construye el núcleo originario —casi mítico— de Ese imbécil va a escribir una novela, y funciona como matriz simbólica desde la cual se despliega todo el relato posterior. El banco marca un espacio que ya desde el inicio se presenta como ambiguo: tiene dos entradas, da a dos calles, y esa duplicidad arquitectónica anticipa la lógica de escisión que atravesará la subjetividad del protagonista. No se trata de un simple escenario urbano, sino de un dispositivo narrativo que materializa la coexistencia de dos órdenes de realidad.


Más tarde, tras la revelación de la existencia de un «padre alternativo», el flujo narrativo ratifica una escena de dislocación temprana: el punto donde el orden simbólico que debería garantizar la identidad revela su fractura constitutiva.


Tras la escena del banco, y como consecuencia directa de la revelación ambigua del padre alternativo, aparece una «cabeza invisible» que no remite aquí a un motivo fantástico ni a un desdoblamiento psicológico, sino a una figura epistemológica de la no-coincidencia del sujeto consigo mismo. Su emergencia no es casual: nace en el mismo punto donde la identidad deja de ser unívoca. Se trata, por tanto, de una respuesta simbólica a una filiación fracturada. El cuerpo del niño aloja dos centros de conciencia que se comunican sin mediación lingüística, lo que desplaza la subjetividad desde el plano psicológico hacia un espacio liminar entre lo psíquico, lo narrativo y lo ontológico.


Esta cabeza: puede leerse como fantasía infantil, como construcción psíquica defensiva, como alegoría de la conciencia crítica o como figura del inconsciente narrativo. Esa indeterminación es constitutiva. La cabeza invisible no pide ser interpretada, sino habitada en sus consecuencias. En última instancia, representa la imposibilidad de una identidad plena.


Desde Laclau, esta escisión puede leerse como el efecto de una identidad que nunca logra suturarse plenamente: el Yo no precede al discurso, sino que emerge como resultado siempre provisional de una articulación fallida.


A diferencia de ciertas poéticas modernas del fragmento, Millás no celebra la multiplicidad ni estetiza la dispersión. La duplicidad se experimenta como condición fatigosa de supervivencia, como el costo subjetivo de habitar un orden social que exige coherencia allí donde solo hay ensamblajes contingentes.


Desde su título, el libro opera como gesto programático: al nombrarse “imbécil”, el narrador desactiva de antemano cualquier pretensión de autoridad autoral. Esta autodeslegitimación no funciona como ironía ligera, sino como estrategia discursiva de desfondamiento: escribir implica exponerse a la improcedencia, a la sospecha de no estar autorizado a ocupar una posición de enunciación legítima. Este gesto puede leerse como el reconocimiento de una imposibilidad de suturar la posición del escritor.


El encargo periodístico —«escribe sobre lo que quieras»— no aparece como libertad, sino como trampa hegemónica: desplaza al sujeto la responsabilidad total del sentido y lo obliga a producir una justificación imposible de su propio deseo de escribir.


La ironía, así, no es ornamento retórico, sino síntoma de una hegemonía discursiva debilitada: el yo no logra estabilizarse como centro organizador del relato, y la escritura se convierte en un ejercicio permanente de exposición de esa precariedad.


La recurrencia de figuras de infiltración —el padre alternativo, el amigo informante, el policía encubierto, el seminarista infiltrado, el neandertal camuflado entre los sapiens— configura una ontología narrativa de la impostura. No se trata de episodios aislados, sino de una lógica transversal que define la relación entre sujeto y orden social.


Para Laclau y Mouffe, la infiltración podría entenderse como metáfora de la hegemonía como naturalización contingente. Vivir equivale a ocupar una posición discursiva que se presenta como normal, pero que exige una adaptación constante, una performance identitaria nunca del todo interiorizada. Nadie pertenece plenamente; todos operan desde identificaciones reversibles.


En este marco, la autobiografía deja de ser relato de autenticidad para convertirse en cartografía de articulaciones tácticas, donde el yo no expresa una esencia, sino que administra su propia inserción precaria en cadenas significantes dominantes.


La reflexión de Millás sobre el lenguaje profundiza esta lectura discursiva. El lenguaje aparece no como medio transparente, sino como instancia reguladora del consenso, una maquinaria que produce evidencias y naturaliza relaciones de poder.


En la novela se resalta el concepto de «factoría de ideas» y que puede leerse como figuración narrativa del sentido común hegemónico: una red difusa de significaciones que no necesita coerción explícita porque opera desde la interioridad misma del sujeto. Los pensamientos no se imponen como ajenos; se experimentan como propios.


La factoría de ideas, que conste, no se trata de un lugar identificable ni de una institución concreta, sino de un sistema difuso, impersonal y omnipresente que fabrica ideas “listas para usar”, disponibles en el mercado simbólico de la comunicación. Millás la concibe como una infraestructura invisible del lenguaje y del poder: las ideas no nacen en el sujeto, sino que atraviesan al sujeto, se instalan en su cabeza y operan como automatismos. De ahí que el narrador describa esas ideas como entes que «saltan de cabeza en cabeza», de forma semejante a parásitos o contagios, anulando la ilusión de autonomía intelectual. Pensamos —sugiere el texto— no tanto con el lenguaje como según el lenguaje, obedeciendo sus inercias y mandatos

Aquí el yo vuelve a revelarse como significante vacío: lugar donde circulan discursos que no logra dominar ni expulsar. Pensar, en este contexto, no equivale a controlar el sentido, sino a exponerse a una saturación discursiva que desborda la voluntad.


La formulación del Yo como prótesis condensa el núcleo teórico del libro: la prótesis no es una máscara ocasional, sino un dispositivo técnico de adaptación que permite al sujeto funcionar dentro del orden social. Media entre el mundo y el cuerpo, pero produce fricciones, heridas, incomodidades. Desde Laclau, esta prótesis es el efecto material de una identidad siempre incompleta, siempre dependiente de articulaciones externas.


La escritura aparece entonces como práctica hegemónica negativa: no funda una nueva totalidad ni propone una identidad alternativa, sino que mantiene abierto el campo de lo decible. Escribir no sustituye la prótesis, pero permite observarla, poner en evidencia su carácter artificial antes de su colapso definitivo.


La escritura no salva; sostiene la dislocación.


La radicalidad política de Ese imbécil va a escribir una novela se vuelve plenamente visible cuando el texto se sitúa en el cruce entre agonismo, posverdad y crisis de representación. Desde Laclau y Mouffe, lo político no se define por el consenso racional ni por la administración neutral de diferencias, sino por la conflictividad constitutiva del campo social: toda hegemonía es contingente, toda identidad es disputada, todo orden simbólico es reversible. La obra de Millás no tematiza esta conflictividad como programa, pero la escenifica en el nivel de la subjetividad y del lenguaje.


En términos agonísticos, la escritura de Millás no busca eliminar el antagonismo (lo que produciría consenso vacío), sino desplazarlo al interior del sujeto, convirtiendo la identidad en campo de disputa permanente. La política aparece así despojada de épica: no como confrontación espectacular entre bloques, sino como incomodidad cotidiana, como fricción sostenida entre discursos incompatibles que, sin embargo, deben coexistir.


La reflexión del texto sobre la “factoría de ideas” adquiere una resonancia particular en el contexto de la posverdad. Lejos de reducirla a la mentira deliberada, Millás la presenta como saturación discursiva: proliferación de relatos, opiniones y marcos interpretativos que erosionan la posibilidad misma de un referente estable. La verdad no desaparece; se diluye entre cadenas significantes en competencia.


Desde Laclau, este fenómeno no constituye una anomalía, sino la intensificación de una condición estructural: el sentido siempre fue contingente. Lo que la posverdad pone en primer plano es la imposibilidad de un punto de anclaje último. El sujeto, atravesado por discursos que no puede jerarquizar definitivamente, se convierte en el lugar donde esa indeterminación se experimenta como malestar. La cabeza invisible —instancia que piensa “mejor”— no accede a una verdad más profunda; simplemente navega con mayor destreza la saturación semiótica.


Finalmente, la obra dialoga de forma incisiva con la crisis de representación que atraviesa las democracias contemporáneas. Así como las instituciones políticas ya no logran encarnar de manera convincente a los sujetos que dicen representar, el yo narrativo no consigue representar de forma coherente la multiplicidad de posiciones que lo constituyen. La autobiografía, tradicionalmente asociada a la transparencia del sujeto, se revela como género insuficiente.


El Yo funciona como significante vacío: no porque carezca de contenido, sino porque condensa demandas heterogéneas sin poder suturarlas. Esta condición no es patológica, sino política. El texto sugiere que insistir en una identidad plena —personal o colectiva— conduce a la ficción autoritaria de la representación total. Frente a ello, la escritura opta por una política del no-cierre, donde la falta de representación adecuada no se corrige, sino que se hace visible.


En ese gesto, la escritura se afirma como práctica de resistencia mínima: no contra el discurso, sino dentro de él, en el punto exacto donde deja de funcionar como certeza.

 
 
 

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