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La palabra insaciada: sobre unos poemas de Chantal Maillard

  • Foto del escritor: Elidio La Torre Lagares
    Elidio La Torre Lagares
  • hace 1 día
  • 5 Min. de lectura

En Maillard, el hambre, en lugar de comparecer como mero tema, se asienta como condición. es, ante todo, una forma de estar expuesto. Una manera de habitar el mundo sin la ilusión de plenitud.


El hambre, primer orden de problemas en la existencia, no se reduce a la falta; es una forma de intemperie que respira. No comparece como vacío pasivo que aguarda ser colmado, sino como una oquedad activa que delibera. En su cavidad se articula una inteligencia oscura: no pide únicamente alimento, sino sentido. Es un espacio que medita desde la multiplicidad de los deseos, un intersticio donde el cuerpo y la idea se interrogan mutuamente. El hambre, así entendida, no suplica saciedad; rompe en pensamiento.


En Decir el hambre, una selección de poemas de Chantal Maillard publicada por la Fundación Inquietudes de Madrid, el hambre, en lugar de comparecer como mero tema, se asienta como condición. No se limita a nombrar la falta de alimento ni la precariedad económica ni la injusticia social —aunque todas esas dimensiones se insinúan—. El hambre es, ante todo, una forma de estar expuesto. Una ontología en negativo. Una manera de habitar el mundo sin la ilusión de plenitud.


Maillard no escribe sobre el hambre: escribe desde el hambre. Y ese desplazamiento es decisivo. Porque escribir desde el hambre implica aceptar que el lenguaje mismo está en falta. Que la palabra no sacia. Que decir no colma. Cuando el texto recuerda que «Nada es permanente. Menos lo es la palabra… La lucidez es una chispa», no está proponiendo una teoría del conocimiento; está señalando una intemperie radical. La chispa no construye hogar. Apenas ilumina y se extingue. El hambre es esa chispa prolongada: una conciencia que no se estabiliza.


En el siglo XXI, donde todo parece orientado a la satisfacción inmediata —consumo, identidad, opinión—, el hambre en Maillard opera como resistencia.


Frente a la economía de la abundancia simbólica, propone una economía de la escasez deliberada. Escribir con «palabras pequeñas… muy concretas… para no mentir» es un gesto de austeridad ética. No se trata de empobrecer el lenguaje, sino de impedir que engorde de falsedades. El hambre aquí es disciplina: una negativa a ingerir cualquier discurso disponible.


La palabra, en Maillard, no es alimento seguro; es riesgo. Cada frase se aproxima a la experiencia con cautela, consciente de que el nombre puede traicionar lo nombrado. «No pondrás nombre al fuego», decreta en el poema al que este verso da título. Esta prohibición no es un capricho místico; es una advertencia política: nombrar es domesticar; clasificar es apaciguar.


El fuego, convertido en concepto, pierde su quemadura. En tiempos donde la catástrofe se traduce en estadísticas y el dolor en titulares, la metáfora del hambre preserva la aspereza de lo real. El hambre no permite que la experiencia sea digerida por el sistema de signos.


Pero el hambre no es sólo una cuestión del lenguaje. Es una condición del cuerpo. En «Escribir (fragmentos)», la noche íntima se ve atravesada por la muerte de un niño. La escena no es heroica. No hay discurso inflamado. Hay desvelo. Hay perturbación. La muerte remota no permanece afuera; se instala en la habitación. El cuerpo que escribe se convierte en superficie de inscripción de una carencia colectiva. Aquí el hambre se vuelve política en el sentido más profundo: no como consigna, sino como sensibilidad herida.


El siglo XXI ha sofisticado la administración de la vida y de esto no le queda duda a nadie, mucho menos a los que nos autodenominamos poetas. Cifras, gráficos, algoritmos que anticipan comportamientos. La predictibilidad como el resultado del cálculo. Como la operación matemática que no se agota porque siempre dará el mismo resultado, el que se espera, el que se anticipa. La violencia se gestiona como dato, pero el hambre no es algoritmo. Es el resto que la estadística no absorbe. No es información; es inquietud. «¿Para consentir? ¡escribir para rebelarse!». Ya lo dijo June Jordan: escribir es un acto político porque requiere lectura, lectores, gente. La rebelión no consiste en gritar más alto, sino en no consentir la anestesia. El hambre mantiene abierta la herida que el discurso oficial intenta suturar.


Hay, sin embargo, una dimensión más íntima del hambre: la del yo que no se sostiene. En el libro, la identidad no es sólida; es tránsito. Lo intuido se pierde cuando se convierte en pensamiento. La conciencia no retiene. La experiencia se escapa. El hambre es esa fuga permanente. El sujeto no es centro lleno, sino espacio atravesado por una falta constitutiva. En un tiempo que exige coherencia y autoafirmación, esta fragilidad es subversiva. El hambre impide que el yo se convierta en empresa. Lo devuelve a su vulnerabilidad originaria.


Esta vulnerabilidad no es debilidad; es lucidez. El hambre es una forma de atención. Una vigilancia que impide la complacencia. Cuando el texto evoca el “pueblo que fuimos” , no lo hace para restaurar una nostalgia ingenua. La comunidad aparece como algo deshabitado, como fuerza dispersa. El hambre aquí es comunitaria: no falta de individuos, sino falta de vínculo. No hay bloque compacto; hay hilos que se rompen y recomponen. La comunidad no es plenitud; es trama precaria. El hambre mantiene esa precariedad visible.


En este sentido, el hambre en Maillard puede leerse como una metáfora del siglo. Un siglo marcado por la crisis ecológica, por la erosión de lo común, por la saturación informativa. El hambre no es sólo física; es ontológica. Es la conciencia de que el mundo no está asegurado. Que caminamos “sobre la misma pira”. La tierra arde y el lenguaje intenta medir la llama. Maillard desconfía de esa medición. El hambre es la negativa a aceptar que el fuego pueda reducirse a concepto.


Hay también una hambre de verdad. Pero no una verdad dogmática. En el “Conjuro”, la interiorización de la norma se revela como mecanismo de control. La conciencia se convierte en ministro de asuntos interiores. La verdad puede ser instrumento de dominación. “Ser libre no es un don, es una reconquista… a menudo es preciso callar”. El hambre aquí es deseo de una verdad no domesticada, pero también sospecha ante toda verdad que se impone como alimento obligatorio. El silencio se vuelve acto de resistencia. No porque niegue el mundo, sino porque protege lo que el discurso masivo devora.


Poetizar el hambre no es embellecerla. Es devolverle su filo. El hambre no es metáfora ornamental; es estructura. Atraviesa el ser, el lenguaje, la comunidad, la política. Es la falta que impide la clausura. El pensamiento comienza allí donde algo no está satisfecho. El hambre es ese comienzo perpetuo.


En un mundo que promete plenitud constante —bienestar, visibilidad, reconocimiento—, Maillard propone una ética de la insuficiencia. No hay saciedad definitiva. No hay palabra final. Cada afirmación se abre a un «sin embargo». Cada certeza se quiebra. El hambre es esa grieta que no se cierra.


Y, sin embargo, el hambre no es desesperación. Es movimiento. Impulso. Lo que nos empuja a escribir, a pensar, a no conformarnos con el discurso dado. El hambre no destruye; despierta. No llena; mantiene alerta. En esa alerta reside su potencia política.


Decir el hambre no es resolverla. Es sostenerla sin traición. No convertirla en mercancía emocional ni en consigna ideológica. Escribir desde el hambre implica aceptar que el lenguaje no basta, pero aun así persistir. Persistir en la chispa, aunque se extinga. Persistir en el hilo, aunque se rompa.


El hambre es el lugar donde el pensamiento respira sin garantía. Donde la palabra se aproxima al fuego sin nombrarlo del todo. Donde la comunidad se reconoce frágil y, precisamente por eso, posible.


En el fondo, el hambre es una forma de amor sin posesión. Deseo que no captura. Atención que no clausura. Es la fidelidad a lo que falta. Y esa fidelidad —incómoda, exigente— es la lección más radical que el libro ofrece a nuestro tiempo.


No se trata de saciar el hambre. Se trata de no olvidarla. De no anestesiarla. De permitir que siga interrogando cada palabra, cada gesto, cada promesa de plenitud.

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