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La escritura es un archipiƩlago: lectura de Tsunami

  • Foto del escritor: Elidio La Torre Lagares
    Elidio La Torre Lagares
  • hace 1 dĆ­a
  • 7 Min. de lectura

Tsunami, de Glenda GalÔn, rehúsa la solidez del edificio narrativo y adopta, en cambio, la lógica movediza del litoral: textos breves que como fragmentos arrastrados por una ola gigantesca.



Glenda GalÔn desagua momentos. Los deja correr en esa inevitabilidad próxima al ostensible flujo de la vida que nos desborda cuando la memoria rompe fuente.


No hay renuncia posible. Es lo que es. Un movimiento hidrƔulico sin retenciones.


En su libro TsunamiĀ (Santuario, 2014) Glenda no construye un relato continuo ni pretende ordenar la experiencia en una secuencia causal. En su lugar, el libro presenta un patrón de textos breves —poemas, escenas narrativas, recuerdos, pequeƱas estampas— que funcionan como unidades autónomas arrastradas por la inevitabilidad de la ola que arrasa las tres dimensiones del libro: la memoria, la historia y el afecto.


El texto, en suma, es una convergencia entre forma estética y experiencia histórica. No formula explícitamente una teoría, pero su modo de organizar la experiencia responde con notable precisión a esa lógica archipiélagica. Cada pieza es su propia cosa como es parte de un todo. Cada pieza posee su propio centro emocional. En Tsunami la escritura no se dispone como arquitectura sino como deriva.


Tsunami rehúsa la solidez del edificio narrativo y adopta, en cambio, la lógica movediza del litoral: textos breves, escenas, recuerdos, poemas que llegan a la pÔgina como fragmentos arrastrados por una corriente mÔs amplia. Cada pieza posee la autonomía de una isla; cada una conserva su propio clima afectivo. Pero el conjunto produce una geografía donde las distancias entre los fragmentos no separan: crean relación.


Este principio de poética archipiélagica de la memoria no se formula teóricamente dentro del libro, pero lo atraviesa de manera silenciosa. En lugar de construir una historia continua, Tsunami deja que la experiencia humana se manifieste en oleajes sucesivos: migración, infancia, ciudad, familia, deseo, pérdida. Cada uno de estos motivos aparece y desaparece como si la escritura estuviera escuchando el ritmo de un mar interior.


El título, lejos de anunciar una devastación espectacular, señala precisamente ese movimiento. El tsunami al que alude el libro no es una sola ola que arrasa la costa. Es la sucesión irregular de fuerzas que atraviesan una vida. La literatura aparece aquí como la orilla donde esas fuerzas dejan sus restos.


Uno de los primeros territorios que emerge en el archipiĆ©lago del libro es la ciudad migratoria. En el texto ā€œResidentā€, Miami aparece como un espacio ambiguo donde se acumulan historias de trĆ”nsito. No es la ciudad monumental del imaginario americano ni el escenario luminoso del turismo caribeƱo. Es, mĆ”s bien, una zona intermedia donde las identidades se desplazan como corrientes marinas que no terminan de asentarse.


En este paisaje urbano se escucha el murmullo de una experiencia histórica particular: la del Caribe desplazado hacia el continente. Las voces que recorren el poema pertenecen a sujetos que habitan simultÔneamente varias geografías. Miami se vuelve entonces una especie de isla dentro del continente, un punto de convergencia donde las memorias insulares siguen actuando bajo nuevas formas.


El poema no describe esa condición con estridencia sociológica. La registra con una lucidez melancólica, como si observara una marea humana que avanza sin saber exactamente dónde encontrarÔ reposo.


La ciudad se convierte asĆ­ en un umbral: un lugar donde la pertenencia nunca es definitiva.


El libro se desplaza luego hacia una escena que introduce una tensión distinta: el conflicto polĆ­tico. En ā€œPartestaā€, una manifestación frente al Congreso dominicano reĆŗne a grupos enfrentados por el debate sobre el aborto. Las consignas cruzan el aire con la violencia caracterĆ­stica de los lenguajes ideológicos. Cada bando intenta fijar una verdad moral.


Sin embargo, la escena se desestabiliza cuando una de las manifestantes entra en labor de parto. El cuerpo irrumpe en medio del discurso.


Ese momento produce una suspensión súbita. El nacimiento que se abre paso entre la multitud desplaza el eje del conflicto hacia una zona mÔs elemental. El dolor de la mujer, el esfuerzo del cuerpo que trae una vida al mundo, interrumpe el orden abstracto de las consignas.


Lo que emerge entonces es una forma de verdad anterior a cualquier posición doctrinal: la fragilidad compartida.


La escena posee una intensidad casi simbólica. La literatura revela aquí algo que el discurso político suele olvidar: que la vida concreta, con sus ritmos biológicos y afectivos, precede a las estructuras ideológicas que pretenden interpretarla.


Dentro del archipiĆ©lago afectivo de Tsunami, la memoria de la infancia aparece como una de las islas mĆ”s luminosas. En ā€œEl zapato mĆ”gicoā€, la narradora recuerda la primera vez que subió a una escalera elĆ©ctrica. La escena, aparentemente trivial, adquiere una dimensión casi fantĆ”stica. Ante los ojos de la niƱa, el mecanismo metĆ”lico se presenta como una criatura en movimiento, una mĆ”quina capaz de devorarla. La experiencia revela una verdad que los adultos han olvidado: el mundo no siempre fue transparente. Hubo un tiempo en que cada objeto poseĆ­a un aura inquietante.


El episodio se resuelve cuando aparece la imagen del zapato mƔgico que acompaƱa el ascenso de la niƱa. El miedo se transforma entonces en juego, y la memoria conserva ese momento como un pequeƱo mito personal.


Este tipo de escenas muestra que la infancia, en Tsunami, no funciona como nostalgia sentimental. Es el lugar donde la percepción humana alcanza una intensidad que mÔs tarde se diluye en la rutina.


Otro de los textos del libro, ā€œPan con mantequillaā€, desplaza la atención hacia la conversación cotidiana entre dos mujeres. El diĆ”logo gira en torno al matrimonio de un antiguo amante, pero bajo esa superficie ligera se despliega una reflexión silenciosa sobre la experiencia emocional.


La escena introduce una imagen doméstica que funciona como clave simbólica: la abuela que enseñaba a dejar que la mantequilla se derritiera lentamente sobre el pan caliente.


La metĆ”fora es sencilla y profunda a la vez. Algunas experiencias —parece sugerir el texto— no pueden comprenderse de inmediato. Necesitan tiempo para desplegar su sentido. Deben derretirse lentamente en la memoria.


Ese gesto revela una dimensión ética de la escritura: la atención a los pequeños procesos donde la vida se transforma sin hacer ruido.


El libro reserva tambiĆ©n un espacio significativo para las figuras femeninas que acompaƱaron la infancia de la narradora. En ā€œMiss TĆ­a Inaā€, por ejemplo, aparece una mujer cuya presencia permanece viva en el recuerdo familiar.


La narradora evoca la ternura con que esta tĆ­a observaba sus inclinaciones artĆ­sticas. En un momento especialmente luminoso, la mujer le dice: ā€œHe visto tus colores y desde ya sĆ© que eres una artistaā€.


Esa frase actúa como una investidura simbólica. El reconocimiento temprano de la tía se convierte en una especie de corona invisible que la narradora decide conservar a lo largo de los años.


La memoria guarda ese instante como si fuera un pequeño rito de iniciación.

Uno de los textos mĆ”s delicados del libro es ā€œSemanas Santas de ayerā€. AllĆ­ se recuerda una escena mĆ­nima en la playa: un niƱo llamado Ricardo le regala a la narradora un caracol recogido del mar.


Nada extraordinario ocurre en ese momento. Sin embargo, la escena permanece suspendida en la memoria como si el tiempo hubiera decidido detenerse por un instante.


Años después, la narradora reconoce que nunca volvió a ver a aquel niño y que el caracol se perdió en alguna mudanza. Pero el recuerdo del gesto sigue vivo.

Este episodio revela una intuición fundamental: la memoria no se organiza necesariamente alrededor de los grandes acontecimientos. A menudo conserva aquellos instantes donde la vida se vuelve repentinamente luminosa.


El caracol perdido funciona entonces como una metƔfora del tiempo mismo.

Hacia las Ćŗltimas pĆ”ginas aparece el poema ā€œLa ciudadā€, que condensa en pocas lĆ­neas una visión crĆ­tica del paisaje urbano contemporĆ”neo. La ciudad se describe como una grieta donde el hambre, la limosna y las historias se entrecruzan sin mirarse a los ojos.

Las personas avanzan como sombras que huyen de sƭ mismas. El poema concluye con una imagen que resume su tono: un sueƱo compartido que termina convirtiƩndose en humo.


No hay denuncia explĆ­cita en estas lĆ­neas. Hay una mirada lĆŗcida que reconoce la fragilidad de las promesas modernas.


La ciudad aparece como el lugar donde la esperanza y la precariedad conviven sin reconciliarse del todo.


El libro concluye con ā€œEsperando a PapĆ”ā€, una escena donde la llegada de un crucero produce un encuentro familiar en el muelle. Los turistas descienden del barco mientras una madre y su hijo aguardan el regreso del padre.


El mar ocupa nuevamente el centro del paisaje.


En el momento final, los padres se miran y sonrĆ­en como si fueran una ola que acaba de encontrar el aire que la impulsa.


La imagen posee una serenidad particular. Sugiere que la vida humana se mueve segĆŗn un ritmo semejante al del mar: separaciones, retornos, encuentros breves.

Al recorrer estas pÔginas se vuelve evidente que Tsunami no busca la estabilidad de una narración total. Su apuesta es mÔs sutil: dejar que la experiencia humana se manifieste en fragmentos que se relacionan entre sí.


Cada texto funciona como una isla.


Una escena urbana.Un recuerdo familiar.Un instante de infancia.Un gesto polĆ­tico.Un encuentro en la playa.


Entre esas islas circula una corriente afectiva que las mantiene unidas.


Este modo de composición recuerda la lógica archipiélagica que caracteriza buena parte de la imaginación caribeña. En lugar de un centro dominante, aparece una red de relaciones. El sentido surge del movimiento entre fragmentos.


Tsunami adopta esa lógica sin convertirla en doctrina. Su archipelagización de la escritura surge de la experiencia misma.


Al cerrar el libro, en esa última ola, se comprende que el tsunami al que alude el título no es una catÔstrofe espectacular. Es el movimiento constante de la vida: migraciones, recuerdos, nacimientos, pérdidas, encuentros inesperados.


Cada texto del libro llega como una ola que golpea la orilla de la memoria y los restos, escombros, desechos y demƔs restos que a veces pretendemos dejar atrƔs sin percatarnos que vienen tras nosotros todo el tiempo.


La escritura, en este caso, se convierte en el lugar donde esas olas pueden ser observadas antes de que vuelvan a disolverse en el mar del tiempo.

Y quizÔ esa sea la intuición mÔs profunda que recorre estas pÔginas: que la vida humana no se organiza como un continente estable.


Es mƔs bien un archipiƩlago.

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