Cosmogonía de la Sombra: Voces, Bestias y Herencia en Irene Solà
- Elidio La Torre Lagares
- 21 ene
- 5 Min. de lectura
En gran sentido, la estructura relacional del imaginario de Solà , la porosidad ontológica de sus voces y la densidad de su mundo narrado, la aproximan a una literatura de la relación glissántica.

La literatura de Irene Solà despliega una cosmogonía verbal que no se limita a narrar, sino que reinstaura el misterio como forma de conocimiento. En sus novelas —y de modo ejemplar en Te di ojos y miraste las tinieblas (Anagrama 2024)— la palabra opera como una corriente que atraviesa cuerpos, épocas y especies. No está hecha para describir el mundo, sino para devolverle su latido primordial. El resultado es una poética que rehúye la transparencia: un texto que piensa, respira, se estremece, se descompone y vuelve a nacer. En este sentido, la estructura relacional del imaginario de Solà , la porosidad ontológica de sus voces y la densidad de su mundo narrado, la aproximan a una literatura de la relación glissántica.
Te di ojos y miraste las tinieblas hace de Solà una escritora de la Relación no por su catalinidad, sino por su manera de situarse en el mundo. El universo narrativo de Solà no se funda en la unidad, sino en la proliferación rizomática de los elementos narrativos. La enemistad entre formas —humana, animal, espectral, mineral— desaparece en favor de una ecología coral donde ninguna voz es definitiva. Lo polifónico no es mera suma de discursos: es el reconocimiento de que la experiencia no pertenece a un solo centro de conciencia, sino que emerge de la fricción constante entre presencias heterogéneas, o eso que he llamado hiperglossia.
En el comienzo mismo de Te di ojos y miraste las tinieblas, las voces femeninas se entreveran con la respiración de la casa, con la oscuridad que «crepita… infestada de gusanos, de ramas… de manchas indiscernibles».
La noche no es un fondo; es un sujeto. La masía no es arquitectura; es un órgano que aprieta y libera. La familia no es una línea recta: es un enjambre de voces que retornan, aconsejan, amenazan, deliran. Aquí hay más texto del que se presencia en las poco más de 170 páginas
Solà propone, así, una metafísica de la coexistencia.
El relato existe porque muchos ven, muchos recuerdan, muchos tiemblan. Cada voz —viva o muerta, humana o no humana— es un punto de vibración en esa red pulsante que jamás se aquíeta.
Solà rehúye cualquier distancia irónica ante lo mítico. En su obra, lo sobrenatural se integra al mundo con la naturalidad de lo cotidiano. El demonio, el lobo, el signo, el presagio no irrumpen desde una alteridad radical: están ahí, inscritos en la física misma del territorio.
Cuando Bernadí exhibe su pie mutilado, o cuando Joana pacta con el toro negro que se presenta como demonio, asistimos a una escena que no pretende alegorizar el mal, sino devolverle un cuerpo.
El mal es un animal húmedo, hediondo, con las pezuñas marcadas en el barro de los días. Lo mítico ya no es un patrimonio del pasado: es una energía que infiltra la genealogía, que se hereda como se hereda un defecto físico o un recuerdo traumático.
A través de esta reactivación de lo arcaico, Solà ofrece una crítica silenciosa al racionalismo moderno: la vida no cabe en una sola ontología. Hay heridas y deseos que solo pueden decirse en un lenguaje donde lo humano y lo fantástico se confunden hasta volverse indistinguibles.
Si algo confiere una densidad singular a la obra de Solà es su modo de encarnar el espacio. La masía —con sus habitaciones profundas, su zaguán como garganta, su cocina como fauces de lobo— no es un escenario sino una criatura que late. El paisaje, lejos de ser un simple telón de fondo, respira con los personajes; incluso parece pensarlos.
La escritura se articula así como una forma de ecología ontológica: El bosque murmura el miedo; el barro registra los linajes; la noche se pliega sobre los cuerpos para revelar lo que el día oculta. Todo se significa.
Solà no describe el mundo; lo escucha. Su escritura es una respuesta a la vibración de la tierra, a la memoria vegetal, a la violencia mineral. Hay en su prosa un anhelo de reconectar la subjetividad humana con todo aquello que ha sido relegado al estatuto de «lo no humano».
Por eso, cada objeto en su obra posee anima: el vaso, la lámpara, el espejo; la leche que gira en la urna; la carroza dorada guardada entre cabras flacas. El mundo material piensa y observa. Lo doméstico deviene misterioso, y lo misterioso se vuelve íntimo.
La genealogía en Solà está hecha de heridas, fracturas, pactos incumplidos. No hay un origen puro: toda familia es un territorio minado. El linaje está marcado por lo que falta: el dedo arrancado del pie, la lengua ausente de Blanca, el hígado inexistente de Esperanza, el corazón de tres cuartos de Margarida.
La novela despliega una teoría subterránea de la herencia: lo recibido no es solo la carne, sino la vergüenza, la superstición, el miedo, el trato con fuerzas que desbordan la voluntad. La violencia no se narra; se transmite como una consistencia densa, como una humedad que impregna la madera de la casa.
Solà no idealiza la historia familiar ni la maternidad. En sus páginas, las mujeres cargan con la memoria de sus propias derrotas y con la promesa rota de sus antepasados. Su lucha no es épica; es corporal, cotidiana, feroz.
La frase en Solà se mueve con la flexibilidad de una bestia pequeña. Tiene variaciones, espasmos, pausas que parecen respiraciones. No es un lenguaje ornamental, sino físico. La descripción del ronquido de Bernadeta —«nasal, mortecino y áspero… crujía, engullía y se ahogaba»— revela un oído entrenado para captar cómo el sonido se materializa en forma.
La prosa oscila entre la brutalidad y la liricidad, entre la precisión realista y la fabulación más antigua. Esta mezcla produce un efecto esencial: la sensación de que todo, absolutamente todo, está vivo.
Solà escribe como quien toca un instrumento de múltiples cuerdas: la frase contiene a la vez ritmo, sombra, respiración e imagen. Su escritura no busca el significado como objetivo final, sino que constituye una suerte de ondas capilares que se expanden en constante búsqueda de relaciones poéticas.
Las novelas de Solà elaboran una ontología que escapa a las jerarquías antropocéntricas. Todo está tejido: el animal y el niño, el demonio y la montaña, la mujer y el espectro, la planta y la lámpara eléctrica. La existencia no se concibe como propiedad, sino como tránsito. En su obra, vivir es convivir con lo que excede, con lo que hiere, con lo que protege y con lo que acecha. Las tinieblas no se oponen a la luz: la alojan, la incuban, la devuelven cuando es el momento.
Por eso Solà escribe como si sus narradoras hubieran visto más de lo que la razón puede comprender; más de lo que el lenguaje alcanza acaparar. Como si su literatura fuera el registro sensorial de un mundo donde cada sombra contiene una genealogía y cada gesto guarda una verdad antigua.
La escritura de Irene Solà se vuelve sobresaliente porque construye un mundo donde lo visible y lo invisible conviven sin conflicto teórico, donde cada criatura —humana o no— reclama su derecho a narrar. Sus novelas expanden la idea misma de relato y proponen una poética de lo múltiple, lo salvaje, lo espectral y lo corporal.
Solà no escribe para explicar el mundo. Escribe para restaurar su misterio.





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