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El hombre que no cabe en su nombre: Marciano, de Nona Fernández

  • Foto del escritor: Elidio La Torre Lagares
    Elidio La Torre Lagares
  • hace 1 día
  • 5 Min. de lectura

Ser «marciano» es ser extranjero en todas partes. Como si el nombre propio hubiera dejado de ser un punto de anclaje para convertirse en una zona de tránsito.




Algo ligeramente torcido. No en el sentido defectuoso, sino en el sentido fértil de lo desviado. Una novela que no camina en línea recta, sino que avanzara ladeándose, apoyándose a ratos en una pared invisible, como quien no termina de confiar en el suelo que pisa. Y quizá no deba confiar. Porque lo que aquí se pisa no es tierra firme, sino memoria: ese material inestable que se deforma en cuanto uno intenta fijarlo.

Marciano, la novela de Nona Fernández, se construye a partir de una serie de encuentros entre una escritora y Mauricio Hernández Norambuena —ex militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez—, quien cumple condena en régimen de aislamiento. A través de estas conversaciones, mediadas por la memoria, la imaginación y la escritura, el libro reconstruye fragmentariamente la vida del protagonista: su infancia en Valparaíso, su politización durante la dictadura, su participación en acciones armadas y su prolongado encarcelamiento.


Lejos de una biografía lineal, la novela entrelaza múltiples voces —reales, recordadas o imaginadas— que desdibujan los límites entre testimonio y ficción. La identidad del protagonista se presenta como inestable, marcada por distintos nombres y versiones de sí mismo, mientras el relato explora temas como la violencia política, la memoria, el encierro y la imposibilidad de narrar una vida sin deformarla.


En ese cruce de registros, Marciano no sólo cuenta una historia, sino que reflexiona sobre el acto mismo de contarla: sobre lo que se pierde, se inventa o se transforma cada vez que una vida pasa por el lenguaje.


El libro comienza, en apariencia, con una confesión. Pero no es una confesión. Es, más bien, una advertencia: lo que se va a contar ya viene adulterado de origen. «Una vida es un todo, supongo, un devenir de pedazos sueltos que acumula el recuerdo y, sobre todo, el olvido». Uno lee esto y siente que algo se ha desplazado: ya no estamos ante la promesa de una historia, sino ante la imposibilidad de sostenerla sin que se deshaga entre las manos.


Aquí convendría detenerse un momento. Porque esa frase —que parece dicha al pasar, como quien comenta el clima— encierra una intuición que la filosofía contemporánea lleva décadas rumiando: el sujeto no es una unidad, sino un montaje. Un artefacto precario. Foucault lo habría llamado un efecto de discurso; Derrida, una huella que nunca coincide consigo misma; incluso alguien como Byung-Chul Han hablaría de una subjetividad fragmentada, saturada por los dispositivos que la atraviesan. Pero Fernández no teoriza nada de esto. Lo muestra. Y lo muestra con una sencillez que desarma.


El personaje —Mauricio, Ramiro, Marciano— no sabe quién es porque ha sido demasiados. No es que tenga múltiples identidades: es que ninguna logra imponerse del todo. «A veces me piden firmar y dudo con qué nombre hacerlo». Hay en esa duda algo profundamente contemporáneo: la imposibilidad de fijar una firma sin que tiemble. De ahí que el título Marciano opere en varios niveles, todos atravesados por una misma intuición: la radical extrañeza del sujeto respecto del mundo —y de sí mismo.


En primer lugar, el apodo surge en el ámbito íntimo y cotidiano: Mauricio es llamado «Marciano» por sus amigos, en apariencia por un rasgo físico menor (sus orejas) o por la lógica lúdica de los sobrenombres juveniles. Sin embargo, como ocurre en la novela, lo aparentemente trivial se carga de sentido con el tiempo. El nombre se desprende de su origen anecdótico y comienza a funcionar como una categoría existencial.


Ser «marciano» es ser extranjero en todas partes.


Como si el nombre propio hubiera dejado de ser un punto de anclaje para convertirse en una zona de tránsito.


Y entonces aparece la geometría. O mejor dicho, su fracaso.


«La realidad es gigante y para intentar darle un orden se la encierra en un rectángulo. ¿Será que la historia está subordinada a la geometría?». La pregunta es casi ingenua, pero en esa ingenuidad se esconde una sospecha feroz: que todo relato es una operación de encuadre. Que narrar consiste en recortar, en dejar fuera, en domesticar lo que no cabe en la forma. La novela, sin embargo, se resiste a ese encuadre. Prefiere el desborde. Prefiere, como dice el propio texto, la lógica del fractal: «Somos una mancha en el universo de Euclides».


Uno podría pensar aquí en Deleuze, en su insistencia en lo múltiple, en lo que no se deja reducir a una estructura fija. O en Agamben, cuando habla de la vida como algo que siempre excede las formas que intentan capturarla. Pero de nuevo: la novela no ilustra estas ideas. Las encarna. Las vuelve experiencia.


Ahora bien, hay un momento en el que el texto parece decirnos: cuidado, todo esto que lees no es lo que ocurrió, sino lo que puede ser escrito. «No seré el que soy, seré el que puedas escribir». Esta frase —que podría pasar desapercibida— es, en realidad, el corazón del libro. En ella se introduce una distancia irreparable entre vida y relato, y en esa distancia se instala la ficción, no como mentira, sino como condición de posibilidad de cualquier verdad.


Aquí es donde Marciano se vuelve especialmente incómoda. Porque nos obliga a aceptar que la memoria no es un depósito de hechos, sino un dispositivo de invención. Que recordar es, en cierto modo, escribir. Y escribir, inevitablemente, es traicionar.

La distancia de «85.9 kilómetros» entre la cárcel y el computador funciona como una metáfora precisa de ese desfase. No se trata sólo de una separación física. Es una distancia ontológica. Entre lo vivido y lo narrado hay siempre un intervalo que no se puede cerrar. Y es en ese intervalo donde la novela respira.


Sin embargo, tan potente es su formulación que tiende a repetirse. La insistencia en la imposibilidad de narrar, en que «todo lo que salga de mi boca será aire», acaba por generar una suerte de eco. Como si la novela, en su afán de desarmar el relato, corriera el riesgo de quedarse sin él. Hay momentos en los que uno siente que el texto gira sobre su propia negación, que insiste tanto en el carácter ilusorio de la memoria que termina por diluir su fuerza narrativa.


Algo parecido ocurre con los fantasmas.


Porque Marciano está lleno de presencias que no están. La Flaca, el Lobo, el Loco: figuras que aparecen en la celda, que conversan, que juegan, que sostienen al protagonista en su encierro. Son, en muchos sentidos, lo mejor del libro. Encarnan esa dimensión espectral de la experiencia que Derrida llamó hauntology: lo que no está y, sin embargo, insiste. Pero también aquí hay un riesgo. Cuando lo espectral se vuelve habitual, deja de inquietar. Se convierte en paisaje.


Y aun así —y esto es lo importante— la novela no se derrumba.


Porque hay algo que la sostiene. Algo que vuelve una y otra vez, como una imagen obstinada: el mar. «El mar del puerto siempre está del otro lado de la ventana». Esa frase podría leerse como una simple evocación, pero no lo es. El mar es aquí una figura de lo inaccesible. Está ahí, visible, cercano, pero siempre separado por un vidrio. Como la vida misma: presente y, al mismo tiempo, fuera de alcance.


Tal vez por eso la novela no busca cerrar nada. No hay clímax, no hay desenlace. O mejor: hay un desenlace que no se deja reconocer. «El final está ocurriendo en un instante del que todavía no soy consciente». Esta idea —que podría parecer un capricho— introduce una temporalidad distinta. No la del antes y el después, sino la de un presente que se descompone en múltiples direcciones.


Al terminar el libro, uno tiene la sensación de no haber leído una historia, sino de haber atravesado un campo de fuerzas. Fragmentos, voces, recuerdos, olvidos, todos en tensión, sin resolverse del todo. Y quizá ahí reside su mayor acierto: en no ofrecer una forma donde la vida no la tiene.


Marciano no explica. No ordena. No tranquiliza.


Se limita —y no es poco— a mostrar cómo una vida se desarma cuando alguien intenta contarla.

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