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Entre la posibilidad y la desesperación: Niels Lyhne leído a la luz de Kierkegaard

  • Foto del escritor: Elidio La Torre Lagares
    Elidio La Torre Lagares
  • 21 ene
  • 5 Min. de lectura

Niels Lyhne aparece así como el negativo narrativo de la filosofía kierkegaardiana: una novela sobre un individuo que necesita creer, pero que ya no puede hacerlo.



  1. Pocas novelas del siglo XIX representan con tanta precisión la fractura espiritual del individuo moderno como Niels Lyhne de Jens Peter Jacobsen (1847-1885), escritor danés cuya obra cala en escritores como Thomas Mann, Kafka, Rilke y hasta Sigmund Freud. Lyhne, el protagonista —es un sujeto en permanente tensión entre el deseo y el desengaño, entre la imaginación y la finitud, y encarna la transición hacia una conciencia para la cual la fe ya no puede darse por supuesta. Al leer la obra desde Kierkegaard, descubrimos que la novela funciona como un espejo narrativo del pensamiento existencial anticipado: una exploración de la posibilidad, la angustia y la desesperación, que termina por revelar la desnudez del yo ante un mundo que ya no sostiene grandes certezas.


  2. Desde la infancia, Niels está sometido a dos fuerzas que Kierkegaard habría reconocido como los polos fundamentales de la existencia estética. La madre, Bartholine, lo introduce en un universo de idealizaciones poéticas, educándolo en la expectativa de que la vida está hecha de grandeza y plenitud emocional. Jacobsen lo dice con claridad: «En los versos vivía, en ellos soñaba y en ellos creía como no creía en casi nada».


  3. Esta fe absoluta en la imaginación crea una subjetividad que busca la intensidad antes que la verdad, propia del estadio estético kierkegaardiano, donde la posibilidad infinita —el sueño de lo que podría ser— domina sobre la realidad concreta.


  4. Pero Niels, incluso siendo niño, experimenta ya la inquietud que Kierkegaard asocia a la angustia de la posibilidad. Cuando la madre narra historias cuya belleza es inseparable del dolor, el niño —incapaz de soportar el pathos— pregunta: «“Esto no es real, ¿verdad?”».


  5. Este ruego revela que la imaginación, lejos de protegerlo, lo expone a un exceso de sentido que lo sobrepasa. Kierkegaard sostiene que la posibilidad ilimitada produce vértigo porque obliga al yo a reconocerse como fuente de infinitas alternativas. Niels percibe ese vértigo, y por ello busca la seguridad del mundo concreto.


  6. Y, sin embargo, también es seducido por la promesa de grandeza. Bartholine insiste en que los seres humanos están destinados a la elevación, afirmando que la vida no consiste en «cuidar de la casa y tener una vida social estúpida»  . Ese ideal heroico recuerda al caballero de la fe de Kierkegaard, pero despojado de su dimensión religiosa: lo que la madre propone es una grandeza estética, no ética ni espiritual. Es una grandeza irrealizable.


  7. La escena en la que Niels descubre a Edele recostada en el puf constituye el umbral de su vida afectiva y una manifestación clara de la tensión entre posibilidad e imposibilidad. Jacobsen describe con minuciosa sensualidad el cuerpo de la mujer, su atuendo de gitana, la caída de sus cabellos, el brillo de los tejidos: «Estaba estirada sobre el raso verdemar del largo puf… sus piernas estaban desnudas a partir de la rodilla y había atado los tobillos cruzados con un collar grande de coral pálido».


  8. La mirada del joven queda atrapada en esa revelación estética, tan fascinante como inaccesible. Su reacción se expresa con una frase que resume su educación emocional entera: «A partir de aquel día, Niels se sintió angustiosamente feliz en presencia de Edele».


  9. Esa felicidad angustiosa es un paradigma kierkegaardiano. La estética ofrece intensidad, pero no cumplimiento; promete plenitud, pero sólo produce presentimientos. Para Kierkegaard, el deseo estético es siempre desesperante porque apunta hacia lo absoluto pero está condenado a permanecer en lo posible.


  10. Niels, atrapado en esa oscilación, llega incluso a besar «la pequeña alfombra que presidía su cama, sus zapatos o cualquier otra reliquia» de Edele, como si el deseo lo arrojara no hacia la unión, sino hacia una devoción humillante  . Kierkegaard llamaría a este gesto desesperación estética: el intento de absolutizar lo finito. Niels no desea a la mujer, sino a la idea de la mujer; no la persona real, sino la posibilidad irrealizable que ella representa.


  11. La novela entra entonces en el terreno que más profundamente dialoga con Kierkegaard: la relación entre el individuo y la fe. A diferencia del filósofo danés, para quien el salto religioso constituye la única salida auténtica a la desesperación, Jacobsen parece sugerir que dicho salto se ha vuelto imposible para el sujeto moderno.


  12. Niels no rechaza a Dios por convicción, sino porque no puede creer. Su ateísmo no es intelectual, sino existencial. Es la consecuencia de múltiples colapsos de sentido. Jacobsen lo expresa con una frase desnuda, sin adorno: «Ya no podía creer». Esta imposibilidad tiene resonancias kierkegaardianas profundas.


  13. Según Kierkegaard, la fe exige una relación absoluta con lo absoluto; pero el individuo moderno —fragmentado por la reflexión, la contingencia y la conciencia de sí— ya no posee la unidad interior necesaria para ese salto. Niels encarna esa fractura. Él no niega a Dios: simplemente no encuentra en sí la estructura emocional y espiritual capaz de sostener la creencia.


  14. Kierkegaard habría dicho que Niels vive en el estadio estético prolongado sin alcanzar nunca el estadio ético o el religioso. Jacobsen, sin embargo, no lo condena por ello. Más bien lo observa como síntoma de una época en la que la interioridad ha dejado de creer que la trascendencia sea viable.


  15. A lo largo de la novela, la muerte aparece como un recordatorio constante de la finitud, una especie de maestro involuntario. La muerte de seres queridos no conduce al protagonista a ningún despertar religioso —como lo haría en Kierkegaard—, sino a un reconocimiento aún más profundo de la precariedad del sentido.


  16. Cuando Jacobsen escribe que sobre la infancia de Niels flotaba siempre la idea de que «hay un límite predeterminado para el tiempo feliz y llegará el día en que dejará de existir», anticipa la noción kierkegaardiana de la angustia ante la nada, pero sin la promesa de redención. En Kierkegaard, la nada empuja hacia Dios; en Jacobsen, empuja simplemente hacia la lucidez dolorosa.


  17. Leída desde Kierkegaard, Niels Lyhne se convierte en una de las representaciones más agudas del sujeto que no logra dar el salto hacia la fe y queda atrapado en la dialéctica interminable del deseo y la renuncia. Jacobsen ofrece una antropología del fracaso interior, no como derrota moral, sino como condición constitutiva de la conciencia moderna.


  18. Si Kierkegaard vio en la fe la única forma de salvar al yo de la dispersión, Jacobsen registra la imposibilidad de esa salvación. Niels vive —y muere— en un mundo donde la interioridad no accede a lo absoluto, donde «la posibilidad» no conduce a Dios, sino a la intemperie, y donde la desesperación no se supera, sino que se vuelve forma estable de existencia.


  19. Niels Lyhne aparece así como el negativo narrativo de la filosofía kierkegaardiana: una novela sobre un individuo que necesita creer, pero que ya no puede hacerlo; que busca grandeza, pero la descubre ilusoria; que desea sentido, pero sólo halla experiencia. Su tragedia —y su humanidad— consiste en haber nacido demasiado tarde para la fe y demasiado temprano para la indiferencia.


 
 
 

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