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El mundo como caricia: ontología del contacto en Pulsión de las moradas, de Marta Jazmín García

  • Foto del escritor: Elidio La Torre Lagares
    Elidio La Torre Lagares
  • hace 1 día
  • 7 Min. de lectura

Pulsión de las moradas logra una integración de niveles que rara vez se sostienen sin fractura: lo corporal, lo material, lo metafísico y lo lingüístico. El cuerpo no es solo carne, sino espacio.



¿Cuándo comenzó a retirarse la caricia del mundo? No me refiero a su ausencia visible —ese vacío que deja el cuerpo cuando no encuentra otro cuerpo—, sino a su lenta evaporación, casi imperceptible, como la de un perfume que persiste aun después de haber sido olvidado. ¿En qué instante dejamos de advertir el roce como un lenguaje, como una forma de conocimiento anterior a la palabra?


Me detengo a pensar en la singularidad de Pulsión de las moradas, de Marta Jazmín García, porque en este breviario de sentidos reside en cierto énfasis en el contacto como principio fundamental de la existencia.


Tocar y ser tocado. Porque, ¿qué es una caricia sino la coincidencia de la pulsion —el movimiento— y la morada —el lugar donde se inscribe la roce—?


En un mundo mediatizado por nuestras extensiones tecnológicas, una caricia es el mundo, y el mundo no está compuesto de entidades aisladas, sino de relaciones. El roce, así, no es un accidente fortuito; es la esencia misma del ser. Como dice uno de sus versos, «Rose como un verbo de la rosa».


El verso no describe una acción; la crea. El roce es un verbo, es decir, movimiento y temporalidad. No hay fusión ni totalidad; solo aproximaciones, fricciones y distancias mínimas.


Esta poética del contacto implica una reevaluación de la relación amorosa, uno de los temas centrales de la lírica tradicional. Aquí no hay celebración de la unión ni idealización del otro. En cambio, se explora la distancia que hace posible el encuentro. Como dice en el poema «Swallow Beach», «No existe una expresión / que imante las orillas de los cuerpos».


La imposibilidad de una expresión total no es una carencia, sino una condición esencial. El poema no busca eliminar la distancia; la habita.


Para los que somos viejos leyendo, un poemario que no complace con tan solo reunir poemas. No se seduce fácil en la suma de piezas autónomas, sino como un campo de resonancias donde cada texto modifica la lectura de los otros. La unidad es invisible porque rehúye el eco de lo temático y resiste la reincidencia argumental. Por el contrario, nos desvanecemos frente a un libro que es rítmico, ontológico, casi respiratorio. Eso es Pulsión de las moradas, un libro que construye una coherencia de mundo que no lo es.


No hay dispersión de registros ni de imaginarios: todo parece emerger de una misma matriz sensorial. Sentir es saber, porque hay que saber sentir. La insistencia en ciertos núcleos —el cuerpo, la flor, la savia, el roce, la raíz, la morada— son variaciones de una misma metáfora, no meras repeticiones. Cada poema reitera esos motivos desde un ángulo distinto, como si los sometiera a una presión constante hasta revelar sus capas. Así, la unidad se logra por intensificación, no por acumulación.


Con gracia y delicadeza, Marta Jazmín García articula una gramática del contacto. Los poemas no solo hablan del roce: lo ejecutan. La sintaxis fragmentada, los encabalgamientos, las pausas abruptas y los desplazamientos semánticos producen una lectura táctil, casi física. El lenguaje no fluye de manera transparente; se resiste, se roza consigo mismo. Esa fricción interna convierte al libro en un espacio donde forma y contenido coinciden: lo que se dice y cómo se dice pertenecen a una misma lógica.

La poesía de Marta Jazmín es un pulmón. Hay una ventilación común —inspira y espira de manera contenida, meditativa, pero siempre en tensión— que atraviesa todos los poemas. Esa respiración sostiene la lectura como si se tratara de un solo poema largo, fragmentado en estaciones.


Pulsión de las moradas logra una integración de niveles que rara vez se sostienen sin fractura: lo corporal, lo material, lo metafísico y lo lingüístico. El cuerpo no es solo carne, sino espacio; la materia no es solo objeto, sino energía; el lenguaje no es solo signo, sino resto. Estos niveles no aparecen separados ni jerarquizados: se implican mutuamente. El resultado es una unidad compleja donde cada dimensión del poema afecta a las otras.


El libro piensa —y piensa con rigor—, pero nunca se vuelve discursivo en un sentido expositivo. Las ideas no se presentan como tesis, sino como tiesuras internas del poema. Esto permite que la unidad estética no dependa de una teoría explícita, sino de una práctica sostenida: el pensamiento ocurre en la imagen, en el ritmo, en la relación entre los fragmentos.


La aparición de Pulsión de las moradas no es un evento llamativo, sino un sutil cambio en la atmósfera de la poesía caribeña. Como debe ser. Marta Jazmín García, recipiente de la beca Letras Boricuas de la Mellon Foundation, se une a un grupo de voces que han devuelto a la lírica su profundidad reflexiva sin sacrificar su intensidad sensorial. Su escritura evita la confesión y la mera experimentación formal, situándose en un umbral donde el poema se convierte en una indagación sobre el mundo y el lenguaje. En sus textos, el cuerpo, la materia y la palabra no son entidades separadas, sino manifestaciones de una misma energía en movimiento.


En Pulsión de las moradas se produce un desplazamiento más sutil y, por tanto, más radical: el cuerpo también deja de ser un lugar donde algo se inscribe para convertirse en aquello que hace posible toda inscripción. Desde sus primeras páginas, el libro propone una equivalencia que no es meramente decorativa ni alegórica, sino real: cuerpo y flor. No se trata de la flor como ornamento —esa flor modernista que aún resuena en ciertas cadencias de la lengua—, sino de la flor como forma de transformación: «Una flor detenida solo es ella. / Un cuerpo en movimiento / son los otros» («Ciclos de floración»). En estos versos se resume una poética: el ser no es permanencia, sino tránsito; no es identidad, sino relación. El cuerpo, lejos de ser una unidad cerrada, se abre en su desplazamiento hacia lo otro. La alteridad, que conste, no es un accidente; es la condición misma de la existencia.


Esta concepción sitúa el libro en diálogo con una de las intuiciones más persistentes de la poesía caribeña: la del cuerpo como archipiélago. El Caribe, con su geografía fragmentada, ha concebido siempre el espacio como dispersión y al sujeto como pluralidad. Sin embargo, García lleva esta intuición más allá de la metáfora. «Errancias que de todas partes / del mundo se atrincheran en sus cuerpos / como islas». Aquí no se describe un cuerpo que se asemeja a una isla: el cuerpo es ya una configuración insular, una red de territorios en tensión. Insisto: un poema no refleja el mundo; lo reorganiza.


En el caso de Marta Jazmín, esta reorganización se percibe una afinidad con ciertas corrientes de la poesía contemporánea que han desplazado la centralidad del sujeto hacia la materia.


Sin embargo, en Pulsión de las moradas la materia no es un objeto opaco, sino una vibración que participa del pensamiento. «La savia del jardín / supura en los objetos. / Viscosa y transparente, / los despierta» («Iris del espacio»). La frase no se limita a animar lo inerte; deshace la distinción entre lo vivo y lo muerto. La savia no pertenece solo a la planta: circula, infiltra, despierta. El mundo se revela como una continuidad de intensidades.


Esta continuidad plantea una ética de la percepción. En un mundo saturado de imágenes, el libro adopta una postura crítica. «Me opongo a cualquier derivación / del algoritmo: cúmulo de imágenes» («Un poema de flores»). Esta declaración, aparentemente sencilla, es profundamente subversiva. No solo rechaza una estética, sino que cuestiona una forma de experiencia: la acumulación, la velocidad y la superficialidad. La poesía, por el contrario, exige detención, profundidad e intensidad. No suma imágenes, las atraviesa.


Este gesto conecta el libro con una tradición que ha considerado el lenguaje un territorio problemático. Desde Valente hasta Pizarnik, pasando por Celan, la poesía ha sido un ejercicio de sospecha: la palabra no dice lo que nombra, lo desborda o lo traiciona. Sin embargo, en García esta sospecha se desplaza. El lenguaje no es solo insuficiente; es material. «Nada se deshace sin dejar / un nombre» («Antes que la voz»). El nombre no garantiza el sentido, sino que lo registra como resto, la huella de una desaparición.


Marta Jazmín nos despierta a una sensibilidad contemporánea compleja, de profundidad filosófica, que podríamos llamar post-antropocéntrica. El sujeto ya no es el centro organizador del poema, sino una vibración entre otras. «Todo arte es taxidermia de momentos no vividos», dice la voz matriz en el poema «Taxidermias». Esta afirmación introduce una inquietud: el arte no conserva la vida, sino su simulacro. Sin embargo, en ese simulacro se abre una posibilidad: experimentar lo que no ha sido vivido. El poema se convierte en un espacio de virtualidad.


La singularidad de Pulsión de las moradas reside en su énfasis en el contacto como principio fundamental de la existencia. Tocar y ser tocado. En un mundo mediatizado por nuestras extensiones tecnológicas, una caricia es el mundo, y el mundo no está compuesto de entidades aisladas, sino de relaciones. El roce, así, no es un accidente fortuito; es la esencia misma del ser. Como dice en «Ciclos de floración», «Rose como un verbo de la rosa».


El verso no describe una acción; la crea. El roce es un verbo, es decir, movimiento y temporalidad. No hay fusión ni totalidad; solo aproximaciones, fricciones y distancias mínimas, superadas solo por su reticencia.


Esta poética del contacto implica una reevaluación de la relación amorosa, uno de los temas centrales de la lírica tradicional. Aquí no hay celebración de la unión ni idealización del otro. En cambio, se explora la distancia que hace posible el encuentro. Como dice el poema, «No existe una expresión / que imante las orillas de los cuerpos». La imposibilidad de una expresión total no es una carencia, sino una condición esencial. El poema no busca eliminar la distancia; la habita.


En este sentido, la “pulsión” del título no debe interpretarse como un impulso ciego, sino como una insistencia en el movimiento. Las moradas —esas configuraciones del ser— no son estáticas. Se habitan y se abandonan. El sujeto no posee un lugar fijo; lo atraviesa. El libro enfatiza la idea de ciclo, pero no como una repetición mecánica, sino como una variación. Como dice el poema «Defloración», «El desapego también caduca / y de repente lastiman / sus amputaciones». La distancia, como el apego, tiene su propio tiempo. Todo vínculo es temporal.


En el panorama de la poesía caribeña e iberoamericana, Pulsión de las moradas ocupa un lugar singular. No se limita a prolongar una tradición, sino que la reconfigura desde dentro. Su relación con la herencia no es de continuidad ni de ruptura, sino de desplazamiento. Toma elementos tradicionales como el cuerpo, la naturaleza y el ritmo, y los transforma hasta hacerlos irreconocibles.


En un mundo marcado por la aceleración, la saturación y la superficialidad, el libro propone una forma de habitar el tiempo y el espacio que desafía las normas imperantes. No hay entidades cerradas, solo superficies que se encuentran, se rozan y se separan. En Verdad que el roce no es un accidente fortuito; es la esencia misma del ser.

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