25 años de House of Leaves: abismo y ruptura en Mark Z. Danielewski
- Elidio La Torre Lagares
- 21 ago 2025
- 4 Min. de lectura
House of Leaves de Mark Z. Danielewski, una novela que primero se publicó por sí sola, casi de manera artesanal, y luego fue acogida por Pantheon, como si el texto hubiese necesitado esa confirmación editorial para convertirse en lo que ya era: un culto inmediato.

A uno le dicen —con la suficiencia de quien repite lo aprendido en una sobremesa o lo ha leído en un manual de divulgación— que el tiempo no existe, que no hay tal cosa como una sustancia, una entidad autónoma que discurra ajena a nosotros, y que lo que creemos percibir es apenas una relación, un modo de nombrar lo que cambia, un sucederse que nos envuelve sin que podamos detenerlo. Y aunque semejante afirmación se enuncie con aplomo, siempre queda la sospecha de que lo que nos están negando es precisamente aquello en lo que más nos duele pensar: que lo vivido se ha ido y que lo que fue no volverá. El tiempo no existe, nos dicen, pero es justamente él, o eso que llamamos tiempo, lo que nos permite hablar de existencia. Pick your poison, que dirían los anglosajones.
Y sin embargo, aunque lo llamemos ilusión o medida, lo cierto es que hace veinticinco años —precisamente hace veinticinco, lo que no deja de ser una cifra temporal, es decir, lo que se supone que no existe— ocurrió un acontecimiento literario que resultó inusual, tan inusual que aún hoy se le menciona con la mezcla de incredulidad y reverencia que se reserva para los objetos que no acaban de ser ni reliquia ni novedad. Me refiero a House of Leaves de Mark Z. Danielewski, una novela que primero se publicó por sí sola, casi de manera artesanal, y luego fue acogida por Pantheon, como si el texto hubiese necesitado esa confirmación editorial para convertirse en lo que ya era: un culto inmediato, un libro que no se dejaba leer del mismo modo en que se leían los demás.
No era, estrictamente, una historia, aunque también lo era, sino más bien un artefacto tipográfico, un objeto que ponía en tela de juicio no ya lo narrado sino el propio acto de narrar, y que obligaba al lector a enfrentarse con el libro como con un umbral, con un laberinto que no se atravesaba sin esfuerzo.
Que Borges lo había hecho antes, sí, pero lo cierto es que Borges jugaba con espejos y ficciones infinitas en un momento en que la página seguía siendo dócil; Danielewski, en cambio, nos obligaba a girar el volumen, a leerlo en espiral, a recorrerlo como si fuese un corredor oscuro.
En un panorama dominado por la novela realista y por un posmodernismo ya fatigado de sí mismo, House of Leaves vino a recordarnos que el soporte, la página, podía ser todavía un campo de batalla.
No es una novela sencilla —ninguna lo es si se la lee con atención, claro—, y no lo es por su disposición tipográfica, por sus voces múltiples, por su fingida erudición paródica y por esa estructura laberíntica que multiplica entradas y salidas.
Allí está, en primer lugar, el “Navidson Record”, un documental que tal vez exista o tal vez no, en el que una familia descubre que su casa en Virginia es más grande por dentro que por fuera, como si el espacio se burlara de la geometría.
Luego, el manuscrito de Zampanò, el anciano ciego que anota, comenta y falsifica fuentes con la convicción de un crítico que cita a Derrida en frases que Derrida nunca pronunció.
Y finalmente, Johnny Truant, el joven tatuador que encuentra los papeles y, al editarlos, se desmorona, como si la casa del relato fuese también la casa de su propia mente.
Esa triple estructura vuelve la novela irreductible a un género: es gótica, es teoría literaria en parodia, es thriller y también poema visual.
El lector, advertido desde la primera línea —“This isn’t for you”—, queda atrapado en un pacto ambiguo: excluido y convocado a la vez. Y mientras pasa páginas donde apenas se imprime una palabra, o donde la palabra “house” aparece en azul, comprende que el libro no le está contando un laberinto, sino que él mismo, el libro, se ha convertido en uno.
No hace falta insistir demasiado en que esta proliferación de voces y notas al pie —que se extienden durante páginas enteras, como si el comentario quisiera tragarse al relato— constituye una especie de hipertexto antes de internet, o quizá su emulación anticipada.
Allí se cita a Heidegger junto a revistas inexistentes, a arquitectos junto a poetas inventados, y todo con la misma seriedad con que un profesor universitario llena sus bibliografías.
El efecto es doble: verosimilitud y farsa al mismo tiempo. “Half of this is bullshit. But then again, what isn’t?”, escribe Johnny en un momento, con la franqueza que ningún crítico académico se atrevería a usar en sus notas al pie.
En otra ocasión he llamado a esto —como motivo de mi libro Hyperglossia and the Novel, por ejemplo— hiperglossia: una saturación semiótica que rebasa la mera heteroglosia y que convierte el texto en un dispositivo de exceso. Y House of Leaves no sólo lo ejemplifica sino que lo funda en nuestra época. No basta con narrar —nos dice—, hay que construir artefactos que pongan al lector en el centro del peligro.
En fin, no se llega a Danielewski sin haber pasado por Sterne, por Joyce, por Cortázar o Perec, pero lo que importa no es tanto la genealogía como la actualización: en un tiempo en que se decretaba la muerte del libro, House of Leaves vino a demostrar que un volumen impreso podía ser más enigmático, más físico y más aterrador que cualquier pantalla. Y si el tiempo no existe, como repiten algunos, lo cierto es que desde aquel 2000 en que apareció, todo el que ha querido pensar la novela —o leerla como si fuese aún posible leerla de otra manera— ha tenido que atravesar este laberinto.





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