Todo lo que aún se desvanece: visita a Marshall Berman desde el siglo XXI
- Elidio La Torre Lagares
- hace 1 día
- 5 Min. de lectura
En 2026, Berman no ofrece la tranquilidad del reconocimiento ni la promesa de una salida, sino algo más perturbador: la constatación de que la experiencia que hoy se vive como inédita.

Las épocas históricas no se experimentan a sí mismas como tales hasta que se ven como una serie de interrupciones y discontinuidades. Esto no es una ilusión y no es un error perceptivo, sino un efecto estructural: toda formación histórica tiende a vivirse como singular, como desviación irrepetible del curso del tiempo, precisamente porque carece de una distancia externa desde la cual objetivarse. Nuestra coyuntura —que, por conveniencia descriptiva, podemos situar alrededor de 2026— no es una excepción a esta regla. Se concibe como umbral, como crisis terminal o como reinicio civilizatorio, sin advertir que tales autodescripciones forman parte de una retórica recurrente en las transiciones históricas bajo el capitalismo avanzado.
En este sentido, la lectura de Marshall Berman no ofrece la tranquilidad del reconocimiento ni la promesa de una salida, sino algo más perturbador: la constatación de que la experiencia que hoy se vive como inédita responde a una lógica histórica de larga duración. No estamos ante una ruptura radical, sino ante una intensificación. La modernidad, tal como Berman la conceptualiza, no es un período superado ni un proyecto inconcluso, sino una estructura de experiencia cuya característica fundamental es la producción permanente de inestabilidad. El error de muchas narrativas contemporáneas consiste en confundir esta intensificación con novedad.
Berman se sitúa así en una posición teórica particular: no como cronista del progreso ni como crítico moral del colapso, sino como analista de una contradicción constitutiva. La modernidad es el nombre de una forma histórica en la que la expansión de las capacidades productivas, culturales y subjetivas se encuentra inseparablemente ligada a procesos de desintegración social y simbólica. No se trata de una paradoja accidental, sino de una lógica sistémica: la modernidad se reproduce precisamente a través de la disolución de sus propias formas.
Desde esta perspectiva, la célebre formulación marxiana según la cual «todo lo sólido se desvanece en el aire» deja de funcionar como metáfora crítica y se convierte en principio estructural. Lo que se volatiliza no son únicamente los objetos, los valores o las instituciones, sino la posibilidad misma de estabilizar la experiencia. La vida social bajo la modernidad capitalista se caracteriza por una incapacidad crónica de sedimentación: los marcos que permitirían convertir la experiencia en memoria, orientación o proyecto se ven constantemente reconfigurados por fuerzas que exceden a los sujetos que las habitan.
Aquí conviene subrayar un punto central: esta inestabilidad no debe interpretarse como una patología reciente ni como el resultado de una supuesta “aceleración digital”, sino como una propiedad inherente a la lógica histórica del capitalismo. La diferencia del presente no radica en la aparición de esta dinámica, sino en su grado de generalización y naturalización. Aquello que en otras fases podía experimentarse como crisis o ruptura, hoy se vive como normalidad.
La consecuencia de esta normalización es profunda. La velocidad deja de ser percibida como violencia; la fragmentación ya no se registra como pérdida, sino como forma de adaptación. La subjetividad contemporánea aprende a operar en un régimen de discontinuidad permanente, interiorizando la provisionalidad del sentido y la intercambiabilidad de las posiciones sociales. En este contexto, la contradicción fundamental de la modernidad no desaparece, pero se vuelve opaca: deja de articularse como conflicto y pasa a funcionar como atmósfera. Como consecuencia, las partes atomizadas de lo que llamamos realidad comienzan a ser mayores que la suma de sus partes. Hoy día, un todo es un algo inasible porque pierde su materialidad. Hoy día, vivimos en la nube.
Es aquí donde la vigencia de Berman se vuelve significativa. Su obra conserva una intuición que gran parte de la teoría contemporánea ha abandonado: la necesidad de pensar la experiencia moderna como una mediación entre estructura histórica y vivencia subjetiva. Frente a enfoques que absolutizan la lógica sistémica o, en el extremo opuesto, disuelven toda determinación en microprocesos culturales, Berman insiste en que la modernidad solo puede comprenderse si se mantiene en tensión la relación entre totalidad y experiencia.
Su lectura de Rousseau, Marx y Nietzsche debe entenderse en este marco. No se trata de una genealogía textual ni de un linaje filosófico, sino de una secuencia de intentos por pensar la emergencia de una experiencia histórica nueva. Rousseau registra el desajuste entre individuo y sociedad antes de que exista un lenguaje estructural para describirlo; Marx conceptualiza ese desajuste como efecto necesario de un modo de producción dinámico y expansivo; Nietzsche capta el colapso de los sistemas de valor como consecuencia cultural de esa misma dinámica. En los tres casos, la modernidad aparece como una forma histórica incapaz de estabilizar sus propias condiciones simbólicas.
El problema contemporáneo no es, entonces, que la modernidad haya entrado en crisis, sino que su lógica se haya vuelto total. Cuando la disolución deja de ser episódica y se convierte en condición permanente, el propio concepto de crisis pierde eficacia analítica. Todo ocurre como si el sistema hubiese aprendido a integrar la inestabilidad como mecanismo de reproducción. En este punto, la figura del sujeto moderno —capaz de experimentar la contradicción como conflicto histórico— comienza a erosionarse.
Aquí aparecen los límites históricos de Berman. Su pensamiento presupone todavía un sujeto capaz de narrar la experiencia, de reconocer la tensión entre promesa y pérdida, de inscribir su malestar en una totalidad inteligible. Sin embargo, el presente parece caracterizarse por una progresiva disolución de esa capacidad narrativa, sustituida por métricas, automatismos y dispositivos de gestión que reorganizan la experiencia sin pasar por la conciencia.
Es precisamente esta limitación la que vuelve a Berman legible hoy. No como teórico del presente, sino como pensador de una transición: el momento en que la modernidad aún podía pensarse como experiencia conflictiva y no solo como sistema autorregulado. Gianni Vattimo no lee dicha disolución actual de esa capacidad narrativa como una pérdida pura, ni como un déficit a lamentar, sino como un efecto coherente del proceso de debilitamiento del ser (pensiero debole).
Leer a Berman no implica aceptar sus horizontes normativos, sino recuperar su pregunta central: cómo articular una conciencia histórica en un mundo cuya lógica tiende a desactivar toda historicidad vivida.
Tal vez el problema no sea que todo se desvanezca, sino que esa disolución haya dejado de percibirse como problema. Hemos convertido la inestabilidad en hábito, la precariedad en norma, la fragmentación en identidad cultural. En ese proceso, la contradicción estructural de la modernidad se vuelve invisible, y con ello se pierde una dimensión fundamental de la crítica.
En 2026, Marshall Berman no ocupa el centro del canon ni circula como referencia obligatoria. Su lugar es más incómodo y, por ello, más productivo: el de un clásico crítico que reaparece cuando las categorías dominantes ya no alcanzan para pensar la experiencia. No ofrece soluciones ni programas políticos, pero insiste en algo que sigue siendo teóricamente decisivo: que ninguna lógica histórica puede comprenderse sin una mediación entre estructura y vida vivida.
Su actualidad no reside en la promesa de una salida, sino en la exigencia de una lectura totalizante que no renuncie a la experiencia. En un momento en que la inestabilidad se presenta como destino, esa exigencia sigue siendo, en sí misma, un gesto crítico.





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