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Reescritura del origen: El libro de todos los libros, de Roberto Calasso.

  • Foto del escritor: Elidio La Torre Lagares
    Elidio La Torre Lagares
  • 21 ene
  • 6 Min. de lectura

La escritura de Calasso inventa un género que no existía: la novela de la tradición. No es ensayo, porque no argumenta; no es ficción, porque no inventa; no es historia, porque no ofrece pruebas.



La primera reescritura de la Biblia es la Biblia misma. No existe Génesis sin su eco en los profetas; no existe Éxodo sin su relectura en Deuteronomio; no existe la voz de Moisés sin su desdoblamiento en el Moisés que habla desde el libro y el Moisés recordado por quienes lo siguen.


Los antiguos escribas, al glosar la Torá, inauguran la práctica genética del recontar.

El midrash no nace de un capricho hermenéutico, sino de la conciencia de que el texto exige su proliferación. Cada versículo contiene un pliegue que llama a otro versículo, a otra trama.


La tradición judía lo formula con claridad: la fue escrita “con fuego negro sobre fuego blanco”.


La frase, más que metáfora, taja una búsqueda: el texto no está cerrado, arde; y en su ardor reclama variaciones. La escritura no es estatuto de origen, sino punto de fuga permanente.


Toda genealogía del reescribir bíblico arranca aquí: en ese fuego que no cesa de buscar su forma.


Roberto Calasso (1941-2021),en El libro de todos los libros (2024), emprende una narrativa de la Biblia, activando una operación singular de reordenamiento cultural: no comentar la Escritura, sino que la reincorpora como mito fundacional del relato occidental.


El epígrafe tomado de Goethe establece desde el umbral la función ontológica del texto: “Entramos en él como en un segundo mundo. Descendemos hasta el más insignificante detalle… estamos paralizados o iluminados, somos perfeccionados”. La frase, casi programática, confirma que el libro opera como un pasaje entre mundos —uno histórico, otro simbólico— en el cual el lector se interna y se transforma.


Calasso consigue que tradiciones diversas —Vedas, mitología griega, literatura francesa del siglo XIX, la Biblia— aparezcan no como dominios separados, sino como capas del mismo relato inconcluso. Una antropología de los signos.


En El libro de todos los libros esto se vuelve evidente: la Biblia ya no es un canon cerrado, sino un tejido vivo de voces, mandatos, silencios y violencias que sigue pulsando bajo nuestra cultura. 


Lo que logra aquí es volver narrable lo que solemos tratar solo como objeto de estudio.

Su erudición no es enciclopédica sino dramática. Cada mito, cada pasaje bíblico, cada personaje se inserta en una escena donde el lector puede ver cómo el pensamiento se encarna en relatos.


Para Calasso, la Torá no es simplemente ley escrita. Es personaje y arquitecta del cosmos. “Novecientas setenta y cuatro generaciones antes de que el mundo fuera creado, fue escrita la Torá… Con fuego negro sobre fuego blanco”.


Esta inscripción ígnea remite a su doble estatuto semiótico: puede leerse como una secuencia de nombres divinos o como narración histórica. En la cosmogonía que reconstruye, la Sabiduría —Jojmá, o la Ley personificada— es descrita así: 

“Era la hija única de Yahvé… calculaba las medidas, se encargaba de sellar las aguas, trazaba límites de arena para cercar el mar…”


Aquí la Ley gobierna no solo a los hombres, sino a los elementos, prescribiendo geometrías invisibles sobre las que se funda el mundo. Esta personificación metafísica, escrita como narración, reemplaza el comentario por la escena. Lo arcano no se analiza: se dramatiza.


Pero si hay un pasaje absolutamente calassiano es el del censo de David, donde la enumeración se interpreta como acto casi maldito:


“Toda enumeración señala a un ser vivo a los poderes del mal, aislándolo como diana…”


La culpa del censo es una culpa metafísica, porque presupone que se pueda saber lo que no se debe saber. El censo aparece como una teología prefigurativa de la biopolítica: contar es marcar; medir, vulnerar; enumerar, arrancar parcialmente la vida del ámbito inefable que la protege. A esas vidas contadas, la tradición opone el kofer, el rescate de la cuantificación indebida: 


“Por cada varón en edad militar se pagaba un rescate, un kofer… con el que se mantenía el Maligno a una distancia segura”.


La medida, el fuego, el rescate —fuego antes del mundo; número sobre el mundo; pago bajo el número— forman una secuencia dramática que Calasso recompone como una peripecia continua. De ese procedimiento emerge su mitografía bíblica: una Biblia re-contada como “un solo relato” donde cada motivo es retorno y desplazamiento semiótico. 


La monarquía en Israel —que la Biblia presenta dispersa en libros de narración histórica— es recuperada por Calasso como un arco dramático unitario. El tránsito de la pérdida a la elección se encarna crucialmente en Saúl. Las “asnas perdidas” no son un preámbulo bucólico: son “el ardid” de la providencia para forzar un encuentro con el profeta. El evento mínimo desencadena el destino del reino.


Esa elección se vuelve tragedia cuando Saúl preserva lo que no debía preservarse. Al explicar el ḥerem, el autor apunta a una economía sacrificial extrema: “una ofrenda que no se quemaba en un altar, sino que se consumaba como exterminio integral”. La traducción griega introduce un desajuste léxico que será crucial:


“La traducción griega a ḥerem es anáthema… Anatema es, en verdad, la traducción de ḥerem. Pero entre ḥerem y la palabra anatema falta un eslabón: anatema no es maldición”.


 El sacrificio como exterminio se mueve así entre lenguas y teologías, produciendo consecuencias culturales duraderas. El relato no “explica” este giro; lo ensambla como drama. Cuando Samuel amonesta a Saúl, la frase no es doctrina aislada sino clímax de la escena:


 “Obedecer vale más que un sacrificio; ser dócil es mejor que la grasa de los carneros”.

 En esa sola frase hay un giro civilizatorio: el culto se desplaza del holocausto al oído que escucha, de la grasa al llamado, del altar al llamado interior. Calasso no moraliza ese giro; lo narra como un parteaguas silencioso dentro del relato sagrado.

David, por su parte, aparece como soberanía fascinante y terrible —el rey cuyo magnetismo espiritual no es sentimental sino fatal: “posee el poder de enamorar de manera súbita y fatal”.


Su ascendiente desborda los márgenes psicológicos modernos: es fascinación arquetípica, arrobamiento político y erótico, obediencia y transgresión a la vez. Salomón, a su turno, no es el sabio complaciente de la iconografía tardía: es el punto recargado donde el poder, la ley y el ritual alcanzan su máxima prescripción —“el Templo descrito como máquina sagrada de medidas minuciosas”, centro que luego será destruido para inaugurar exilio, resto y mesianismo. 


El puente final del libro —que se aproxima a los evangelios— está tejido por la repetición que Jesús hace del profeta Oseas. La frase es presentada como clave hermenéutica y acusación jurídica a la vez:


“Misericordia quiero y no sacrificio”, repite el profeta. Y Jesús, al citarlo, añade: “Si hubieseis comprendido lo que significa ‘Misericordia quiero y no sacrificio’, jamás habríais condenado a inocentes”.


Según Calasso, nadie antes de Jesús se había atrevido a juntar las palabras “inocentes” y “sacrificio”. Ese atrevimiento introduce una crítica radical no solo a los sacrificios “a Baal o a Anath”, sino a los sacrificios prescritos a Yahvé desde Noé. Las víctimas sacrificiales, entonces, pueden pensarse como inocentes sometidos a una maquinaria de obediencia errónea —giro teológico, ético y jurídico.


De nuevo, Calasso convierte el comentario en una escena en la que la misericordia y la sentencia judicial se encuentran. El cristianismo entra en continuidad y ruptura a la vez con la economía sacrificial monárquica ensamblada por Samuel y David. El libro no concede un “argumento” sobre este giro; lo acumula como motivo, casi como el lento rodar de una memoria histórica que el narrador observa desde dentro, devolviéndole.

La escritura de Calasso inventa un género que no existía: la novela de la tradición.

No es ensayo, porque no argumenta; no es ficción, porque no inventa; no es historia, porque no ofrece pruebas; no es teología, porque no predica. Es un híbrido donde la información cultural se vuelve prosa dotada de ritmo, atmósfera y respiración narrativa. Ese logro estilístico —la erudición que narra— lo coloca en un lugar solitario dentro del panorama literario europeo. Es una prosa que integra —en lugar de anotar— materiales de tradiciones diversas: midrash, Talmud, Cábala, patrística, evangelios. Su focalización es móvil, pero nunca coloquial. La voz “respira con escenas”. Ese respirar hace del libro un objeto pedagógico, narrativo y mitográfico al mismo tiempo. 

La Biblia se recupera aquí como relato total y pensamiento narrado, donde la teoría se encarna en personajes —la Ley, Samuel, David, Salomón, Jesús— y se desplaza entre lengus, sacrificios y censos.


Calasso alcanza reinstalar el relato sagrado como matriz del canon occidental. No analiza la Biblia como texto fundacional; la vuelve relato pensante, legible como novela trágica de elección, culpa y violencia sagrada. El comentario se encarna en la escena; la teoría no se explica, se narra; la hermenéutica es dramatizada. Jesús no solo reinterpreta el sacrificio; lo juzga como acto que lleva a la condena de inocentes.

Para Calasso, leer no es consumir un texto, sino entrar en un dispositivo que transforma al lector.


Su prosa está construida para generar esa sensación de tránsito, de descenso al “segundo mundo” del que habla Goethe: un espacio donde la información se convierte en experiencia.


Lo que logra es restaurar la lectura como acto casi ritual, donde el tiempo se expande, la atención se agudiza y uno siente que participa de una tradición de conocimiento milenaria.


Pero lo más crucial del libro radica justamente en lo que evita: no hay reducción del mito, sino densificación de tradiciones; no hay moralina, sino escenas de mandato, fascinación, culpa y rescate; no hay psicologismo moderno, sino una psique hecha de llamamientos sagrados que recorren la historia como murmullo incesante. El autor logra así una obra que piensa la tradición occidental desde su núcleo sagrado, sin simplificar la complejidad filológica o metafísica que subyace en cada motivo re-contado.

 
 
 

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