Nada, o la infancia como teoría del espanto: una lectura de Crisálida de Fernando Navarro
- Elidio La Torre Lagares
- 31 jul 2025
- 5 Min. de lectura
Navarro, que viene del mundo del cine y de la música, sabe trabajar el ritmo. Sabe cuándo cortar una frase, cuándo dejar que una palabra se repita hasta que pierda el sentido.

Una tos sorda en el fondo del pecho. Tal vez te has tragado una pluma de pájaro o un recuerdo mal masticado. Pero no. Apenas son palabras que se decantan por el esófago. Es solo un libro que te llega a las manos justo cuando piensas que ya todo está escrito. En este, la protagonista se llama Nada y abre los ojos con la idea de que aún sueña. ¿O es el lector quien sueña que lee? Nada lo sabe porque las lámparas colgaban del techo como frutas podridas, y el olor a desinfectante parecía una emanación de su propio cuerpo. Tenía los párpados pegajosos, como si los recuerdos, en lugar de desvanecerse, se hubieran derretido durante la noche y ahora le colgaran de las pestañas.
No sabe cómo ha llegado hasta allí. El sanatorio —de techos altos, voces amortiguadas y pasillos con ruedas de camilla impresas en el linóleo— es más un estado mental que un lugar. Una forma de olvido blando con bata blanca y sonrisa de protocolo.
Nadie sabía si Nada era un nombre o una declaración de principios. Ella misma empezaba a sospechar que no era del todo real, sino una alucinación de alguien más —de alguna otra paciente anestesiada en otra habitación, soñando con una niña que despierta.
Los medicamentos le habían dejado el cuerpo convertido en una pecera tibia. Nadaba en su propio sopor como un pez sin memoria. Pero a veces —a través de una rendija abierta en el efecto secundario de un sedante— se le colaban imágenes. Recuerdos tal vez. Pesadillas, casi seguro.
El tiempo se volvió viscoso y la familia, una especie de manada dispersa por dentro.
Nada recordaba la casa como una estructura de madera y secretos. Todo tenía la textura de lo suspendido: los objetos colgaban del silencio como murciélagos en una cueva.
Así es Crisálida, la primera novela de Fernando Navarro: horror que no te mata, pero te deja ronco. No tiene intención de ser bonita ni edificante. Es más bien un animal húmedo, que respira despacio al pie de la cama mientras tú intentas dormir.
Nada es una metáfora. ¿O sí? No es una exageración.
Es simplemente que su padre, al que llaman el Capitán, no le puso nombre. A ninguno de los hijos, en realidad. Porque los nombres, según él, eran un invento del sistema. Un sistema que despreciaba. Así que se los llevó a vivir a un bosque, como quien devuelve un electrodoméstico defectuoso al fabricante. Pero la naturaleza, que en las postales sale muy bien, no tiene departamento de atención al cliente.
Allí en el monte, entre secuoyas y promesas de libertad, comienza la historia. O más bien la no-historia, porque Crisálida no se construye como una novela de aventuras, ni como una saga familiar, ni como una memoria terapéutica. Se construye como un delirio metódico, como una canción inventada en mitad de la fiebre. Nada canta. Canta para no deshacerse. Canta para recordar que todavía tiene lengua.
La voz narrativa no sigue un itinerario lógico. Salta, se arrastra, se detiene a mirar cómo una lombriz se enrosca en un dedo. A veces flota. A veces vomita. A veces se encierra en una habitación sin ventanas para no pensar. El texto, como su protagonista, no tiene interés en caer bien. No ofrece consuelo ni moraleja. A cambio, regala una extraña verdad: la infancia puede ser el lugar más inhóspito del planeta. Más incluso que una selva sin mapas. Porque en la infancia, como en los sueños, no hay escapatoria. Todo lo que sucede —bueno o malo— es definitivo.
Nada vive ahora en un sanatorio. O eso parece. Porque la novela no distingue muy bien entre realidad y delirio, entre pasado y presente, entre el Capitán muerto y el que sigue gritando desde el piso de arriba. A veces parece que está sola. Otras veces aparece una enfermera, Brígida, que le lleva flanes. A veces aparece la dama de las alturas, una especie de monstruo del bosque que la persigue por los pasillos y que, si uno lo piensa bien, podría ser una metáfora de algo. Pero también podría ser real. En esta novela todo podría ser real, incluso lo que no tiene sentido.
El lenguaje de Navarro tiene algo de oración infantil y algo de eco subterráneo. Las frases no siempre terminan donde uno espera. La puntuación es caprichosa. La sintaxis se enreda como el pelo de Nada, que lleva meses sin cortarse y que a veces parece más un nido que una melena. Hay párrafos enteros que podrían haber sido dictados por alguien medio dormido. O medio muerto. Y sin embargo, todo suena exacto. Porque aquí lo importante no es entender, sino escuchar.
Navarro, que viene del mundo del cine y de la música, sabe trabajar el ritmo. Sabe cuándo cortar una frase, cuándo dejar que una palabra se repita hasta que pierda el sentido. Sabe que la locura no se representa, se reproduce. Que la infancia no se cuenta, se recuerda mal. Y sobre todo, sabe que una novela no tiene por qué llevarnos a ninguna parte. Puede quedarse en el mismo punto, girando sobre sí misma como una peonza agotada.
Hay en Crisálida un gesto de insumisión. Frente a las historias bien peinadas que pueblan las librerías —con sus estructuras impecables, sus protagonistas que aprenden algo, sus frases para subrayar— esta novela se permite ser un poco fea. Un poco incómoda. Un poco torpe. Como la vida misma, que rara vez tiene moraleja y que casi nunca nos deja bien parados.
Y sin embargo, pese a lo que digo, este no es un libro desesperanzado. Porque incluso cuando Nada se corta las venas con un cristal, incluso cuando se arranca la piel a tiras, incluso cuando flota sobre su cama con las sábanas pegadas al cuerpo como una segunda piel, hay algo que insiste. No una fe. Ni una ideología. Ni siquiera una esperanza. Algo más modesto. Más terco. Tal vez el deseo de no desaparecer del todo.
Navarro no nos cuenta la historia de una niña que supera un trauma. Nos presenta a una niña que sigue viva a pesar de todo. Una niña que canta. Que inventa. Que recuerda a sus hermanos como si fueran personajes de un cuento que alguien le leyó cuando tenía fiebre. Que se inventa un pasado porque el verdadero duele demasiado. Y eso, en los tiempos que corren, es casi un milagro.
Porque vivimos rodeados de relatos eficaces. De historias que sirven para algo: para vender, para alertar, para enseñar. Crisálida, en cambio, no sirve para nada. Solo para estar. Para ocupar un espacio extraño entre el balbuceo y la plegaria. Para recordarnos que hay cosas que no se arreglan, pero que también tienen derecho a ser contadas.
Navarro ha decidido escribir con barro, con sombra, con la materia que dejan las pesadillas al evaporarse. Y eso, para una primera novela, no es poco.





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