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  • Foto del escritorElidio La Torre Lagares

La culpa de sobrevivir

Crónica novelada o su quiasmo, Guerriero construye un hito en la historia del periodismo y la literatura del mismo modo que Truman Capote hiciera con A sangre fría. Nuevo nuevo periodismo o simplemente un acto necesario de escritura.



La noche del 4 de febrero de 1974, a eso de las nueve, en un apartamento en Berkeley, California, Patricia Hearst, una joven de 19 años, estudiante universitaria, se encontraba en la casa de su prometido, Steven Weed, cuando de repente la puerta se abrió con violencia y entraron miembros del Ejército Simbiótico de Liberación (SLA), una facción guerrillera de extrema izquierda, armados con pistolas y rifles. Weed fue golpeado y neutralizado, mientras Patty era arrancada del hogar a punta de pistola, sin tiempo para razonar el momento.

 

La llevaron a rastras hasta un coche, la metieron en el maletero y se dirigieron rápidamente a un escondite. Los días que siguieron fueron una mezcla de oscuridad y miedo; la mantuvieron en un pequeño armario, sometida a amenazas y violaciones constantes. Hearst, hija de un magnate millonario con mollero político, se convirtió en objeto preciado.

 

El SLA, en un gesto de desdén por la moral convencional, exigió un rescate insólito: millones de dólares en comida para los necesitados, una demanda que su familia, con todos sus recursos, intentó cumplir. No obstante, las complejidades logísticas y la paranoia de sus captores hicieron que la liberación de Patty fuera imposible. Dos meses después, Patty Hearst reapareció, pero no como la víctima que el país esperaba ver. En un video tomado por las cámaras de seguridad de un banco en San Francisco, Patty, armada, participaba en un robo junto a sus secuestradores.

 

Luego de localizada y arrestada, durante el juicio de Patty Hearst en 1976 su defensa argumentó que había sido sometida a un lavado de cerebro y coerción, lo que la llevó a actuar bajo un estado de síndrome de Estocolmo. El país quedó dividido: algunos veían a una joven inocente convertida en víctima de manipulación; otros veían a una traidora. ¿Se carga culpa por sobrevivir?

 

Ese mismo año, en marzo de 1976 se produjo en la Argentina un golpe de Estado que dio comienzo a la dictadura militar con el teniente general Jorge Rafael Videla al mando, quien tenía el apoyo de Washington, D.C. Para finales de ese mismo año, Silvia Labayru, afiliada al grupo de resistencia peronista conocido como los Montoneros, fue secuestrada por militares y trasladada a la llamada ESMA (la Escuela de Mecánica de la Armada), donde funcionaba un centro de detención clandestino en el cual se torturó y asesinó a miles de personas. Al momento del secuestro, Labayru se encontraba en avanzado estado de embarazo y una semana más tarde, parió una niña que fue entregada a los abuelos paternos.

 

Silvia, como Hearst, provenía de una clase social privilegiada. Su padre, Jorge Labayru, ostentaba el cargo de mayor de las Fuerzas Aéreas y cumplía horas de vuelo como piloto civil de Aerolíneas Argentinas. La educación de Silvia, como la de Hearst, se servía de privilegios.

 

Y era joven. Rubia. De ojos azules. Bella. ¿Se carga culpa por eso?

 

Aquí entra La llamada: un retrato, de Leila Guerriero, cuya impecable tesitura lingüística le merece la credibilidad que requiere ser una de las figuras más destacadas del periodismo narrativo. Crónica novelada o su quiasmo, Guerriero construye un hito en la historia del periodismo y la literatura del mismo modo que Truman Capote hiciera con A sangre fría. Nuevo nuevo periodismo o simplemente un acto necesario de escritura, la historia se adentra en la contingente vida de Silvia Labayru a medida que Guerriero va aunando testimonios y relaciones de hechos reales con la profundidad y detalles endógenos de la novela.

 

Es casi imposible presentar los hechos y las perspectivas de los involucrados sin emitir juicios explícitos, y en varias ocasiones, la periodista prefiere no remover las gasas bajo las cuales aún supuran heridas. No se infiere. Leila misma lo dice. Mas, ¿cuántas cosas nunca dichas?, se pregunta.

 

El daño es irreparable, dice Silvia varias veces.

 

Labayru no solo trae al mundo a su hija Vera sobre una mesa en el corazón de la ESMA, sino que sobrevive a las torturas, los golpes, las violaciones y hasta tener que fingir que era hermana de un oficial Alfredo Astiz.

 

Joven. Rubio. De ojos azules. Fornido. ¿La sangre ariana llama?

 

Astiz fue un agente notorio por haberse infiltrado, junto a Silvia, en un grupo de familiares de desaparecidos y le costó la vida a tres Madres de Plaza de Mayo y dos monjas francesas.

 

Labayru empezó a militar en Argentina en los años 70 cuando todavía estaba en el colegio. Iba al Nacional Buenos Aires, una escuela secundaria dependiente de la Universidad de Buenos Aires. Está entre las más prestigiosas del país. Aunque hija de un militar, Silvia se identificaba con la izquierda y ya a temprana adolescencia sintió que debía unirse a un espacio con más proyección y compromiso militante. Así fue como llegó a Montoneros, la organización guerrillera argentina contra la que se vuelca el gobierno de Videla.

 

Lo factual es eso; pero La llamada de Guerriero cobra un valor textual que puja más allá de su función informativa. A la autora le interesa el aspecto afectivo, y sabe cómo, cuándo y dónde tocar.

 

Y la verdad puede ser que Silvia era rubia, bella, irresistible -características que afloran en boca de casi todos los entrevistados y hasta de la entrevistadora- o puede ser la historia de supervivencia de una mujer que recurrió a mecanismos de afrontamiento psicológico para sobrellevar su cautiverio y abuso. Síndrome de Estocolmo, reclamó también Patty Hearst. Las coincidencias se mueven de maneras misteriosas.

 

La narrativa de Guerriero se caracteriza por su capacidad para capturar momentos de intensa carga emocional y describirlos con una prosa lírica y evocadora. Para ello, durante poco más de dos años, habló con amigos, exparejas, la pareja actual, los hijos y los compañeros de cautiverio y de militancia de Silvia. Aunque Labayru fue liberada en 1978 y se marchó a España, los argentinos en el exilio la repudiaron, acusándola de traidora a raíz de la desaparición de las Madres de la Plaza de Mayo. Abrazada por unos pocos amigos fieles exiliados en Europa, Labayru procuró seguir adelante con su vida.

 

Cuarenta años después, en Argentina se esperaba la sentencia del primer juicio por crímenes de violencia sexual cometidos contra mujeres secuestradas durante la dictadura, en el que Labayru era denunciante, en particular contra Alberto González, uno de sus violadores.

 

Culpable, fue el veredicto.

 

Pero, si Silvia sobrevive, ¿es traidora? ¿Cómo un lugar tan pequeño [la ESMA] puede ser un infierno tan grande? ¿Se trata de la maldición de la belleza que pagó tan caro, según acota Leila? ¿O fue su astucia? ¿O fue su familia de militares? ¿Fue la llamada del 14 de marzo de 1977? ¿Es esa La llamada?

 

Era joven. Rubia. Guapa. De ojos azules.  

 

La lectura es de quien lee. Y las contestaciones también. Guerreiro tendrá las de ella.

 

La crónica es fractal, displicente, como la memoria que Silvia hace pública (Lo que calla, se calla). La geometría no tiene sentido para estas formas narrativas donde el texto supera la suma de sus partes, pero parece seguir un sistema matemático que implica resquebrajarse una y otra vez.

 

Guerriero, con esa frecuencia apacible de su voz, logra que Silvia diga lo que quiere decir, que se contradiga, que saque a pasear la memoria selectiva, que se abra a gusto y conveniencia, lo suficiente como para terminar con un abrazo de esos que dejan saber que uno no se queda solo.

 

Y al final, ¿cómo de tanto dolor puede salir tanta belleza?


Publicado originalmente en julio de 2024 en Nagari Magazine.

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