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  • Writer's pictureElidio La Torre Lagares

Espejo de sangre: Stanley y Livingstone

Updated: May 3

El dieciséis de octubre de mil ochocientos sesenta y nueve, Stanley se encuentra en Madrid, con el eco de una carnicería de Valencia resonando en sus oídos. A las diez de la mañana, un tal Jacopo, residente de un número no especificado en la Calle de la Cruz, le entrega un telegrama que dice: «Venga a París por asuntos importantes». La encomienda: encontrar a David Livingstone, médico y misionario colonizador en Africa.


Se refiere aquí a Henry Morton Stanley, hombre de letras y reportero de guerra, originario de Gales pero reclamado por el espíritu estadounidense, quien, a sus veintinueve años, guarda con celoso recato el verdadero propósito de su expedición a Africa. La tarea que se le impone a Stanley, vasta y laberíntica, sobrepasa en desafíos y escala a cuantas se le han confiado antes. Debe, pues, rastrear al elusivo doctor David Livingstone, cuyo rastro se ha perdido en las vastedades de África desde hace tres años.


El dieciséis de octubre de mil ochocientos sesenta y nueve, Stanley se encuentra en Madrid, con el eco de una carnicería de Valencia resonando en sus oídos. A las diez de la mañana, un tal Jacopo, residente de un número no especificado en la Calle de la Cruz, le entrega un telegrama que dice: «Venga a París por asuntos importantes». El remitente es un tal Mr. James Gordon Bennett, junior, joven timonel del 'New York Herald'.


Stanley desplaza los cuadros de los muros en el segundo piso de su posada; libros y souvenires se acomodan en los baúles, ropas apresuradamente reunidas —algunas a medio lavar, otras aún húmedas de la cuerda de tender— se empacan, y tras unas horas de frenético labor, sus equipajes están atados y etiquetados para "París".


A las tres de la tarde, él ya se encuentra de partida y, tras una necesaria demora en Bayona, no llega a París sino hasta la noche siguiente. Se dirige directo al 'Grand Hotel', y toca a la puerta de la habitación de Mr. Bennett.


Adelante, dice una voz. Al entrar, él ve a Mr. Bennett recostado en la cama. ¿Quién es usted?, inquiere Mr. Bennett.


Mi nombre es Stanley, responde él.


Ah, sí. Tome asiento; tengo un asunto de importancia que encomendarle.


Tras colocarse su bata, Mr. Bennett pregunta por el posible paradero del doctor Livingtone. Stanley no sabe, confiesa. ¿Piensa que está vivo?, inquiere Bennett. La respuesta es tan certera como decir que puede que llueva como que puede que no.

Pues, yo creo que está vivo y que se le puede encontrar, y lo envío a usted en su búsqueda, dice Bennett.


Stanley no sale del estado invasivo de escepticismo e incredulidad. Vaya y encuéntrelo dondequiera que oiga que se encuentra, y procure obtener de él cuanto pueda, y quizás—se expresa de modo pensativo y deliberado—el anciano pueda estar en necesidad: lleve lo suficiente para asistirlo en caso de requerirlo.


Debe obrar con idependencia de criterio, añade Bennett. Que juzgue lo que crea más acertado. ¡PERO ENCUENTRE A LIVINGSTONE!


Stanley teme que la expedición no pueda realizarse por menos de dos mil quinientas libras, dice. El dinero no será problema, acota Bennet. Solo encuetre a Livingstone.


Al desembarcar en Zanzibar, y como testigo de su propia epopeya, Stanley desciende hacia Ujiji con la gradualidad de quien sabe que se acerca al desenlace de una odisea.


Es noviembre de 1871 cuando, a pocas yardas de su meta, una voz entre la multitud le saluda con un «¡Buenos días, señor!». Se gira y observa a un hombre vestido de blanco, con un turbante que coronaba una cabellera ensortijada. ¿Quién diablos es usted?, pregunta con la brusquedad del que ha atravesado continentes en busca de un fantasma. Soy Susi, sirviente de Dr. Livingstone, responde el interpelado.


¿Qué? ¿Está el Dr. Livingstone aquí?


Sí, señor, en este pueblo.


Entonces, un segundo saludo irrumpe; es Chumah, otro servidor del desaparecido doctor, y quien se suma al coro de bienvenidas. En algún universo paralelo, Stanley, periodista explorador, cronista del tiempo y palabrista con hambre de mundo, sería un héroe en algún libro de caballería. El joven ordena detener la marcha para ser el primero en abordar al legendario viajero. Su corazón retumba en la jungla africana que de pronto parece embozar los alientos.


Stanley se abre paso entre la gente, formando un corredor viviente, hasta encontrarse ante un semicírculo de árabes y, al fin, frente a un hombre blanco, de barba blanca y mirada cansada.


En su lento acercamiento, cataloga los atributos del otro: un gorro azul con una cinta dorada desvaída, un chaleco de mangas largas y pantalones de tweed gris. La tensión del momento lo retiene; su audacia se somete al protocolo de la timidez y el orgullo, y, en lugar de correr o abrazarlo —gestos que la magnitud del encuentro bien podría justificar—, opta por la cortesía calculada de los ingleses y se presenta con un formalismo que roza lo litúrgico.


Dr. Livingstone, supongo, dice. Las palabras se graban en el viento, que no tiene pasado, presente ni futuro. Es un viento de siempre.


Sí, confirma Livingstone, con una sonrisa que parece conjurar todas las fatigas del mundo.


En el año de 1841, David Livingstone, cuyo destino era aún un enigma para él mismo, atravesó por vez primera las aguas que lo llevarían al continente africano. Su llegada, promovida por la Sociedad Misionera de Londres, lo consagraba como misionero y como médico; profesiones ambas que, en su espíritu, confluirían en una singular empresa de salvación tanto corporal como espiritual. Se asentó primero en el meridional confín de África y desde ese umbral dio inicio a una serie de andanzas que lo habrían de conducir por desmesurados territorios del continente.


Pero no era su sola intención la difusión del evangelio; su gesta abarcaba también la exploración geográfica, con el propósito de cartografiar rutas comerciales inéditas y descubrir manantiales ocultos, como quien descifra un texto críptico. África, territorio vasto y misterioso, necesitaba ser descubierto, mapeado y dominado. El continente era una historia por escribirse, postura que ignoraba las complejas sociedades que ya existían y que tenían sus propias geografías y sistemas de conocimiento que reclamaría, más de cien años después, el Okwonko de Chinua Achebe en Things Fall Apart.


Pero allí están. Stanley y Livingston. El uno frente al otro.


La ceremonia de los sombreros se sigue con un apretón de manos, y Stanley, alzando la voz, dice que da gracias a Dios, Doctor, por haberme permitido verlo. Se intercambian palabras que, aunque dichas en voz baja, resuenan con la solemnidad de un rito ancestral. Los días subsiguientes se despliegan como un tapiz en el que se entretejen las voces del explorador americano y del misionero británico. El ánimo de Livingstone se ve fortalecido por la certeza de no haber sido olvidado por el mundo.


Tiempo después, de vuelta en Occidente, Stanley no recordará nada de lo que hablará con Livingstone, excepto la elocuencia con la que el misionero y médico relataba la índole de su labor. Si hubieses estado allí, para ver y oír por ti mismo, dirá Stanley años después en su diario. Desde los labios de Livingstone escuchó historias extraordinarias y sus pormenores. Aquello labios que no sabían de falsedad, reclamaría Stanley. No le será posible reproducir sus palabras; tal fue su absorción. Ni siquiera pensó en extraer su libreta y comenzar a transcribir el relato. Tanto tenía Livingstone para contar, que inició su historia por el final, como si estuviera ajeno al hecho de que debía dar cuenta de cinco o seis años. Pero el relato de todos modos se filtra, crece velozmente hasta alcanzar proporciones grandiosas, convirtiéndose en una crónica de maravillosas gestas que solo Stanley escucha.


Cuando Stanley le pregunta si desea volver a su hogar para descansar tras años de exploraciones, él responde con la renuencia del que está a un paso de completar su destino. Me encantaría ver a mis hijos una vez más, pero mi corazón no puede abandonar la tarea que estoy a punto de concluir, responde. ¿Por qué regresar a casa antes de terminar, para luego volver a lo que bien puedo hacer ahora?


Después de diez días en Ujiji, Stanley y Livingstone se adentran en el lago Tanganyika. Se funden en las montañas que emergen abruptamente, marismas amplias y playas brillantes. Stanley lleva solo media victoria en el bolsillo, pero la misión debe concluir. Livingstone acompaña a Stanley hasta Unyanyembe, donde, tras aprovisionarse y aumentar su séquito, se despide para embarcarse en su última expedición —una que, como las últimas páginas de un libro no escrito, se desvanecerá en el silencio y la leyenda en un espejo de sangre.



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