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  • Foto del escritorElidio La Torre Lagares

Umbrales

Actualizado: 1 may

La tarde se muestra nublada, como corresponde. Hay indicios de lluvia, como es costumbre en esta región montañosa. Y las voces engendran aves de letras que se elevan sobre la verja. Todo lo demás es un bosque apagado.


Sentado en el banco del jardín, sintiendo una plenitud inexpresable, dialogo con mi hermana. O quizás ella dialoga conmigo. Mi mirada se posa en el horizonte del patio, centrada en el vértice que conforman las dos hileras de verjas, una especie de compás que separa la morada de la vastedad del mundo. Mi mirada se aferra a esa punta de lanza, impregnada de la fragancia de hierba, el barro húmedo y la melancólica melodía de Terry Jacks: We had joy, we had fun, we had seasons in the sun, y estamos en 1974. La tarde se muestra nublada, como corresponde. Hay indicios de lluvia, como es costumbre en esta región montañosa. Y las voces engendran aves de letras que se elevan sobre la verja. Todo lo demás es un bosque apagado. Como hoy, que es una tarde de diciembre en 2023.


Hacía tiempo que mis ojos no se perdían en la densidad desconocida de un territorio que de seguro pertenece a alguien de quien no puedo dar fe con certeza, o cuya identidad se desvanece en el olvido. En última instancia, ¿de quién es la tierra?


La vida, en su esencia, es un constante cruce de umbrales.


Cuando mi familia se estableció en esta casa, el umbral que escarbaba en el inicio del bosque fue lo que primero capturó mi atención. Sin embargo, mi hermana no comparte ese recuerdo. Cuando nos mudamos al 39 de la calle de la herradura, como solíamos llamar al cul-de-sac donde crecí, mi hermana aún no había hecho temblar el mundo con su primer llanto ni había soltado su alquitranado meconio. A ella la vida la parió en esa calle sin salida, que alguna vez se llamó Calle 3 y hoy lleva el nombre de Calle Dr. Bartolomei, pero siempre será «La U», la herradura.


La herradura, como los imanes de alnico, ejerce su atracción magnética en el metal de las cosas, al igual que en el metal de los recuerdos y el tiempo. También atrae cantos de pájaros, gallinas, unicornios y extraños que se asoman, me observan y luego se desvanecen. Mi madre solía contar que cuando era niña, vivía al otro lado de este mismo bosque, y que solía adentrarse en él a través de un umbral que la conducía a una ciudad de árboles, donde se perdía entre sus misterios. En ocasiones, esto se debía a que llevaba el almuerzo a mi abuelo, que trabajaba en la finca, pero otras veces era simplemente porque una ciudad de árboles es el reino del no-ser.


Recuerdo las veces que yo mismo hice lo mismo. Allí, donde las dos verjas formaban un ángulo agudo de 60 grados, saltarlas era sencillo, ya que cada pie encontraba un punto de apoyo diferente. Pero como decía mi padre, «las buenas verjas hacen buenos vecinos», aunque en realidad lo que hacía era citar a Robert Frost sin saberlo. Indistintamente, impregnaba el aire con un matiz de advertencia y mejor hazme caso o ya vas a ver. Así que saltar la verja se convertía en un evento que se destilaba en la anticipación. En la invisibilidad. En la desobediencia. En el riesgo.


Sin embargo, mi audacia se limitaba a cruzar la verja, caminar hacia el bosque y detenerme justo en el punto donde la luz del día se volvía densa y opaca. Recuerdo la humedad de las hojas, el aliento de los árboles, el cambio de temperatura y, sobre todo, el umbral. ¿Y si cruzo y entro a otro mundo?, solía cuestionarme. Pero ahí quedaba todo. Eso y la garganta seca.


No lo hacía porque en algún momento me llamaba mi abuela, mi madre o el aroma de la jalea de guayaba que mi madre preparaba como un pasatiempo. Ella solía decir que uno nunca sabía qué hacer con tantas guayabas, porque el árbol daba frutos durante todo el año. Nunca supe si eso era cierto. Alguien me dijo que las guayabas se daban en primavera y otoño, pero en mi casa parecía ser un evento perenne. Ni modo. Los taínos creían que las almas de los difuntos renacían en los guayabos, y mi madre sostenía que el constante fruto se debía a sus rezos por las almas de quienes habían partido.


El año de mi muerte y me tocó renacer, en lugar de convertirme en guayaba, me convertí en un cíborg, mitad postrado en una cama y mitad dependiente de una silla de ruedas. Hacer que una silla de ruedas se moviera sobre el suelo sinuosamente no parecía una tarea sencilla cuando solo podía mover un brazo, así que desplazar mi limitada movilidad requería la valentía de un héroe. Un héroe con huesos rotos y que sobreviviera sin entender por qué o para qué. Un héroe que desafiara la estupidez de olvidar la mente en la cama al salir. Un héroe que muriera todos los días sin poder rendirse por completo, o que llegara al punto más cercano desde donde pudiera contemplar el bosque desde su silla de ruedas.


Simplemente eso. Roto en la futilidad de no poder saltar la verja.


Entonces, llegaba mi hermana y compartía su compañía. Mi hermana, con quien aprendí a ser padre porque me enseñó a ser hijo. Luego me conducía de vuelta al interior de la casa donde abuela miraba una telenovela mientras mi madre trabajaba.


Mi hermana es ahora una mujer que madura, y tiene esposo y un hijo universitario. Pero la casa permanece inmutable. Mientras conversamos y el día se asfixia, mis ojos captan el reproche del bosque. Hay algo inconcluso en mi existencia, porque al momento que pude soltar las ruedas, comencé a errar lo más lejanamente posible de aquel bosque. Hoy, tal vez, si me pongo de pie y me aventuro en el bosque, descubra algo. Pero, al mismo tiempo, sé que igual puede que no encuentre nada. Pero al final, las cosas no son tan incognoscibles como parecería.


Así que, en medio de la conversación con mi hermana, me levanto. El rastro de su voz me sigue. Camino hasta el punto donde las dos verjas se entrelazan. Escalo. Salto. Me detengo frente al bosque. Y cruzo el umbral.


Los grillos comienzan a estridular como nunca.




Publicado originalmente en Nagari.

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