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  • Writer's pictureElidio La Torre Lagares

Siempre será el fuego: sobre una novela de Jon Fosse

Updated: May 2

Frente a la venta. Frente al frío que sopla desde el fiordo. No hay nada más excepto el río y las montañas. Es un desierto de lluvia y montañas y si no fuera gélido, sería Comala. La constancia es repetitiva y cuando toma forma de texto, se convierte en Aliss junto al fuego, del reciente Premio Nobel de Literatura, Jon Fosse.


Una mujer tendida en un banco de la habitación mira todas las cosas habituales que le rodean: una vieja mesa, la estufa, la caja de madera, las paredes, la gran ventana que da al fiordo. Lo mira todo sin verlo, y todo está igual que antes, nada ha cambiado, pero, aun así, todo es diferente, piensa, porque desde que su esposo desapareció, nada es igual.


Ella está allí sin estar allí, los días vienen, los días van, las noches vienen, las noches van, y ella sigue con ellos, moviéndose lentamente, sin dejar que nada deje una gran huella o marque una gran diferencia. La mujer se llama Signe y observa cómo se levanta una cruda tormenta, esperando que su marido regrese en su bote de remos desde el fiordo.


Es un jueves de marzo de 2002, y la escena de pronto cruza al 17 de noviembre de 1897 y la mujer desconoce que el marido no regresará. Pero no es la misma mujer, es otra la que sigue ahí. Signe observa el horizonte donde su esposo, Asle, observa la tormenta en el fiordo hasta


Frente a la venta. Frente al frío que sopla desde el fiordo. No hay nada más excepto el río y las montañas. Es un desierto de lluvia y montañas y si no fuera gélido, sería Comala. La constancia es repetitiva y cuando toma forma de texto, se convierte en Aliss junto al fuego, del reciente Premio Nobel de Literatura, Jon Fosse.


La novela es lo mejor para incitares en el estilo del monólogo interior y discurrir se consciencia que es su marca innegable de escritor.


La historia que se cuenta comienza a desmembrarse en 2002 con una sucesión de mutaciones en la perspectiva, el tiempo y la identidad, adelantando de forma sutil la experimentación que nos espera en una novela de apenas unas 76 páginas en su traducción al inglés. El impacto de la prosa de Fosse, claro, equivale a una extensión de diez veces esa lectura. Los personajes (incluso los vivos) son todos fantasmas, apariciones espectrales que se difuminan en la densa oscuridad que rodea la ambientación.


En lo inmediato, nos encontramos con Signe, una anciana que reside sola en las proximidades del fiordo. La memoria viaja. El pensamiento alumbra. La oscuridad se traga todo. El verbo «pensar», y sus respectivas conjugaciones, se repite 745 veces, ampliando la abstracción de ese desierto de memorias por dónde va el pensamiento errante hasta llegar al 1979, año en que su esposo, Asle, se perdió en las aguas mientras navegaba.


Con el devenir de la narración, la memoria se hace nómada a través de las décadas. Atestiguamos, así, la visión interna no solo de Signe, sino también de Asle y de un nutrido séquito de ancestros que remontan su linaje hasta su tatarabuela Aliss. Nada es estable. La procedencia es horizontal, rizomática. Parece que se mueve, pero presente, pasado u futuro son los dominios simultáneos del mito.


Y sigue ahí, fija en el tiempo. Frente a la ventana. Frente a la tormenta que sopla desde el fiordo. En la espera que nunca termina. Esperando por Asle, su esposo, que de pronto no es su esposo, sino su nieto que responde por el mismo nombre, y que, en su anhelo por hallar la soledad y desafiarse a sí mismo, se enfrenta al furioso fiordo en medio de una tormenta. Los dos Asle, en dos tiempos distintos, compartirán el mismo destino. Al final, la oscuridad y ellos serán uno.


La fantasmagoría que crea Fosse es genial. Los nombres, vivencias y emociones conforman una cacofonía que en su proyección contribuye al carácter alucinatorio y estremecedor que remueve a esta novela de su zona de transparencia en entradas y salidas de umbrales como quien cruza líneas de tiempo. Entonces, una historia puede ser todas las historias, o viceversa.


Fosse, minucioso artífice de la palabra, posee la habilidad de descomponer un objeto o sentimiento desde tres o cuatro perspectivas antes de emprender su marcha. Así, el también dramaturgo noruego produce un texto que es una danza en la intersección del existencialismo, la metafísica y la fragilidad de la conciencia humana.


El ahogamiento de Asle se revive solemnemente a lo largo de las generaciones en el tortuoso y claustrofóbico relato de Fosse, que, si lo tomamos conceptualmente, se nos parece algo al Pedro Páramo de Juan Rulfo, excepto que en Rulfo no hay Dios, y en Fosse tiene que haberlo, o todo lo que sostiene a los personajes fracasa.


Pero es otros Dios el que se esconde tras la tormenta en el fiordo. Es un Dios al que el libre albedrío no le sienta. Así, las cosas no podrían haber sucedido de otro modo, pues los participantes transmigran con fluidez y el paso del tiempo se aplana hasta perder noción de lo que es pasado, presente o futuro.


Desde la pareja inicial, Signe y Asle, hasta una madre y su hijo de pie junto a una hoguera en la bahía, reconocidos por Signe y Asle como la tatarabuela de Asle, Aliss, y su hijo pequeño, Kristoffer. En una especie de premonición de la tragedia central posterior, Kristoffer cae al agua y es rescatado por Aliss, aunque en la próxima generación, el hijo de Kristoffer, Asle, homónimo del esposo de Signe, tendrá una experiencia diferente en el agua en su séptimo cumpleaños. La inmensa carga de la historia familiar pesa mucho sobre cada generación a medida que los fantasmas, los recuerdos y las tragedias chocan con efectos tanto confusos como esclarecedores.


Lo que se va perdiendo es la memoria, que a veces es ensueño y, otras, delirio. La apuesta es a no olvidar. La línea entre lo que es real y lo que es imaginario se difumina. Las complejidades de la mente y la percepción humanas.


En un mundo saturado de narrativas superficiales y tramas predecibles, Aliss at the Fire ofrece una alternativa, un portal a un reino donde la literatura, la filosofía y la física convergen. Nos enfrentamos a la esencia misma de la existencia, entre el yo y el universo, entre el pensamiento y el cosmos. Como sugiere el título, el fuego desempeña un papel significativo en la narrativa, pues el fuego, con su existencia parpadeante y efímera, se convierte en un símbolo de la condición humana.


En un escenario donde la tecnología avanza con celeridad, la prosa visionaria de Fosse se erige como un eco perenne de la introspección humana. Nos incita a reflexionar sobre cómo, bajo la apariencia de nuestras vidas hiperconectadas y saturadas de tecnología, las ancestrales interrogantes sobre la existencia, el sentido y la razón persisten, latiendo desde sus imágenes primordiales: el agua, la sangre, el cobijo, la tierra y el fuego.


Siempre el fuego.




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