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«Preferiría no hacerlo»: Melancolía, impotencia y exilio psíquico en Bartleby, The Scrivener

  • Foto del escritor: Elidio La Torre Lagares
    Elidio La Torre Lagares
  • 21 ene
  • 6 Min. de lectura

Con Herman Melville como punto de fuga, y Mark Fisher y Franco Berardi como interlocutores persistentes.



No deja de resultar significativo, y quizá también un poco desolador, que el capitalismo —entidad ubicua, proteica, casi impermeable a las impugnaciones teóricas— haya encontrado en un oscuro escribiente de oficina su retrato más preciso antes incluso de que el lenguaje de la teoría estuviera listo para nombrarlo. Se trata del «Bartleby, el escribiente» de Herman Melville, cuyo protagonista es un copista empleado en la oficina de un abogado (el narrador) en Wall Street.


El cuento, publicado en 1856, sigue al escribiente o copista que da título al cuento y que comienza su trabajo con una productividad silenciosa y casi autómata. Pronto, sin embargo, inaugura un patrón de negación que se condensa en la fórmula: «Preferiría no hacerlo». Con esa misma cadencia, rehúsa sucesivamente tareas ordinarias: cotejar documentos, acudir al correo, o incluso explicar su pasado. Su respuesta, desprovista de hostilidad enfática, no es un desafío directo de Bartleby, sino una suspensión de la lógica del rendimiento que rige el espacio laboral. La oficina, organizada en hábitos, expectativas y jerarquías mínimas, queda desestabilizada por la quietud de la no cooperación.


El narrador de la historia oscila entre la irritación, la compasión moral y la impotencia analítica, percibiendo que las negativas de Bartleby no admiten una interpretación psicológica tradicional: carece de síntoma visible salvo la coherencia absoluta de su negativa. Más adelante descubre que Bartleby vive en la propia oficina: duerme detrás de un biombo, se alimenta de galletas de jengibre y permanece en vigilia incluso cuando es despedido. No se marcha. Entonces, la estrategia del narrador cambia: en lugar de expulsarlo, él mismo abandona el espacio, incapaz de ejercer una violencia material contra una resistencia que no se presenta como confrontación, sino como límite ético del acto. Bartleby termina detenido, declina comer y muere en la cárcel, sin que ninguna intervención logre redimirlo. Su muerte se convierte en interrogación abierta sobre los modos en que la modernidad gestiona —o no— a los sujetos que no participan del pacto de productividad.


Si el filósofo Mark Fisher asegura que imaginar el fin del capitalismo es más arduo que imaginar el fin del mundo —juicio que Bartleby, con su quietud sin épica, ratifica—, es porque incluso la imaginación ha sido ocupada, intervenida, hipotecada por el sistema que la exige. Bartleby, al decir que prefiere no cumplir su deber, no elabora una alternativa: introduce una apnea lógica en el adentro, como quien interrumpe una conversación no para ganarla, sino por la incapacidad de continuar sosteniéndola. Su negativa es la forma gramatical de una impotencia más honda, la constatación de que la preferencia ha dejado de ser libre cuando ya no conduce a ningún territorio discernible.


Y no es casual —aunque el azar siempre se las ingenia para parecerlo— que Fisher ceda en su palabra depressive hedonia: el sujeto contemporáneo encuentra un placer en la abstención precisamente porque ha perdido la capacidad de entusiasmarse con la acción.


La lucidez en Bartleby opera como un veneno lento: entiende, comprende, enumera sus motivos, pero ese entendimiento no produce energía sino parálisis, un extravío silencioso dentro de los mecanismos.


Franco Berardi —a quien todos llaman Bifo con afecto y ligera alarma, como si el nombre propio contagiara lo que describe— sostiene que el capitalismo no se limita a explotar la fuerza de trabajo sino el cerebro mismo, la semiosis incansable, la producción de signos administrados como quien contabiliza, y reorganiza, activos financieros. Bartleby, entonces, no sería el primer trabajador agotado por una jornada física, sino por un tráfico de símbolos que ya no produce sentido, como una lengua saturada que se sabe usada hasta el desgaste de su médula.


En La fábrica de la infelicidad, Bifo identifica la depresión como la forma contemporánea del colapso del conatus: ese impulso vital que la economía del signo seduce y captura bajo un nombre más atractivo —«motivación», «incentivo», «productividad»—. Bartleby es déficit psíquico que se condensa en tres palabras suficientes para suspender el aparato interpretativo del otro: preferiría no hacerlo. Pero lo más espantoso, y lo más literario, es que ese no es deliberación, sino desfallecimiento, un silencio que resiste no por firmeza ética sino por carecer de la energía para articular otra cosa.


Es tentador leer ese gesto como heroísmo ético —el santo de la demora y el amanuense arcángel de la dilación—, pero quizá habría que mirarlo mejor: es síntoma de un alma que huye del signo porque ya no puede producir más, como quien descubre que incluso los ademanes de la obediencia son ya una forma de producción. Bartleby no abdica contra el poder; se exilia del lenguaje que lo sostiene, y en ese exilio deja un espejo incómodo donde, sin duda, se reflejaría el precariado cognitivo que Bifo diagnostica en After the Future: seres hiperconectados, sobreinformados, exhaustos de estímulos, incapaces incluso del resentimiento que permitiría alguna clase de revuelta.

En efecto, uno podría imaginar —aunque sea un ejercicio fútil, casi dañino— a Bartleby mientras se detiene frente a una ventana de Manhattan que siempre devuelve una imagen prestada, un edificio duplicado en la retina de otro edificio. Porque la oficina del abogado-narrador no es un simple lugar físico: es la topografía misma de un aislamiento crónico dentro de la visibilidad, un panóptico con luz cenital, condición que Fisher llamaría, no sin cierta ironía tardía, soledad compartida. Bartleby trabaja en el corazón del sistema financiero (Wall Street), donde el lenguaje se ha convertido en cifra, en copia de copias, en economía sincopada de significantes.


Fisher, muy atento a la infraestructura psíquica del capital, señalaba que el capitalismo no es solo un orden económico, sino un andamiaje psíquico de repetición instrumental. Y Bifo coincide en lo mismo, aunque lo describa como una suerte de saturación neuronal que oprime al sujeto desde dentro, como una vibración sorda que no necesita del mundo exterior para enfermarlo. Bartleby se disocia porque todo afuera se ha desvanecido; su negativa radical revela, más que una decisión, una inercia deliberada de quien ya no puede querer.


La soledad de Bartleby es el modelo inaugural del precariado mental: atrapados en flujos de hipercomunicación, saturados de estímulos, inermes de deseo real. La pared blanca frente a la que se sienta es la materialización mínima de un límite sin exteriores posibles: el telón de datos del presente, que no puede traspasarse con un deseo, porque incluso el lenguaje del deseo ha sido reconfigurado por la cifra.


Conviene detenerse aquí y advertir que, tanto para Fisher como para Bifo, la depresión no es un padecimiento individual sino un clima político: un afecto social, un síntoma colectivo de quien ha internalizado el mandato de la autoeficacia hasta la imposibilidad de cumplirlo.


Bartleby no falla en su adaptación: evidencia la imposibilidad de continuar funcionando bajo el régimen de productividad absoluta. Fisher habría visto en él al depressive subject incapaz de actuar precisamente porque ha incorporado el mandato de la autoeficacia. Bifo, sin embargo, lo leería como el último poeta de una subjetividad que se refugia en el silencio para proteger su fragilidad espiritual de los motores semióticos. En ambos casos, su negativa es ontológica porque no proviene de una opción sino de una renuncia sin futuro, un apagamiento dentro del algoritmo social.

Marías siempre desconfiaba —y con razón— de los verbos que parecen transparentes. «Preferir», por ejemplo, supone una elección, un afuera contra el cual se decide. Pero Bartleby desdice el verbo desde dentro: no elige entre alternativas, suspende la lógica misma de la alternativa. Y así, conoce las causas de su alienación, pero ese conocimiento no alcanza nunca la estatura de una acción que permita superarlas. Esa sería la forma más aguda de la impotencia reflexiva.


Bifo lo describiría como colapso del deseo de futuro: “After the future, we no longer act — we endure.” Bartleby es la prehistoria del burnout digital, y su pared, la profecía mínima de limitación que se sabe saturada incluso antes de que Fisher la nombrara.

El tránsito, del amanuense físico al trabajador de pantallas —persistente heredero de Bartleby y del escritorio al código mismo del sistema— evidencia que la negación contemporánea ha encontrado un nuevo vocabulario o un gestor de silencio instantáneo: quiet quitting, burnout, apagamiento, desconexión neuronal y retiro psíquico.


El XIX tenía muros físicos; el presente no necesita más que pantallas y flujos de datos para disolverlo todo y desafiar la objetividad de la realidad. Y aun así, el sujeto no arremete contra el sistema; solo se ausenta de su gramática y así evidencia lo absurdo sin necesidad de argumentarlo. «Preferiría no hacerlo», entonces, es menos una renuncia que una preservación del límite en un mundo saturado de positividad.

La verdadera radicalidad no está en lo disruptivo, sino en lo que se apaga sin estruendo, en el silencio compasivo que sobrevive cuando ya no se quiere vencer nada, sino solo constatar lo absurdo de esa compulsión por ganar. Tras el algoritmo productivo, a veces la única ética posible está en la lucidez de no desear el triunfo.

 
 
 

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