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  • Writer's pictureElidio La Torre Lagares

Pensar diferente: disentir en tiempos de heterofóbia

Diego Fusaro propone, con una erudición casi socrática, una revisión profunda de los cimientos que sostienen nuestra organización social y política.



La historia de la humanidad es también la historia del disenso, comienza la obra Pensar diferente: filosofía del discenso, de Diego Fusaro (1983), ese pensador milanés que se adentra en las profundidades del pensamiento filosófico con la tenacidad de un erudito clásico, nos convoca a una crítica audaz de las corrientes dominantes contemporáneas. Dichas corrientes tienen tributarios ideológicos, político partidistas y hasta culturales. Sobre todo, culturales. Pesar diferente es también aceptar lo diferente.


La historia del mundo es rebelarse, porque, como diría Camus, el ser humano es el único animal que se niega a ser lo que es. Pero también es el único animal capacidatado para disentir. Disentir significa erosionar el consenso, que siempre es alianza del poder. Del que sea. La llamada mayoría es una pluralidad ficticia, porque todos piensan y desean del mismo modo, amoldados a la garra hegemónica que no brinda garantías para los marginales, los rechazados, los


Para Fusaro, disentir no es simplemente decir que no, sino rechazar tácita o simbólicamente el orden que suprime y se evita que cualquier alternativa exista. Pero aunque el sostenido afina, para los fáciles de respuestas, como teoría de conspiración o paranoía, Fusaro no se limita a la crítica superficial. En su lugar propone, con una erudición casi socrática, una revisión profunda de los cimientos que sostienen nuestra organización social y política. Apertrechados en narrativas insolventes, caducas y a veces anacrónicas, el disenso pasa a ser orquestado desde el poder con manos de ilusionista.


El mundo se ha convertido en una superficie lisa, monoconsumista, como soldados de terracota horneados en moldes. «A diferencia del consenso, que puede ser pasivo y estructurarse como aceptación inerte, llamado más propiamente asentimiento, el disenso solo se da como activo y afirmativo», dice Fusaro.


Fusaro va a impugnar el "presentismo", ese enfoque moderno que desdeña el pasado y crea la noción de una realidad sin principio ni fin. Fusaro, cual moderno Heródoto, sostiene que despreciar el legado histórico y filosófico es limitarnos a una comprensión superficial de nuestra propia era. Por ello, considera que el diálogo entre generaciones es un cruce necesario de caminos donde el pasado y el presente inefablemente pueden fusionarse en una síntesis más rica. Este intercambio no es sólo vital para enriquecer nuestro entendimiento del mundo; es crucial para formar individuos capaces de enfrentar los desafíos contemporáneos con una perspectiva enriquecida. Para Fusaro, la clave de un cambio genuino yace en el rescate de aquellas verdades antiguas que, como faros distantes, pueden guiar nuestra marcha hacia futuros posibles. El filósofo se metamorfosea en un arqueólogo de ideas, desenterrando verdades sepultadas bajo el peso del olvido.


Fusaro extiende su discurso hacia las estructuras del capitalismo, al cual no sólo identifica como un sistema económico, sino como un verdadero "dispositivo ontológico" que redefine la naturaleza del ser humano. El capitalismo es heterófobo: no tolera la diversidad ni lo diferente. Es enajenante. Tenemos cosas y nunca somos dueños de nada. El ser humano es, primordialmente, un homo-economicus, deshaciendo las facetas afectivas y emotivas de su existencia. O en su defecto, lo feral de su animalidad.


El poder ya no se impone como en tiempos de la guerra fría. Hoy día se disuelven las alternativas y en la limitación de opciones. Es la manera en que los medios informativos, los centros comerciales y la industria cultural operan. En un universo reducido de posibilidades, siempre queda la ilusión de que somos libre de elegir.


Pero lejos de confinarse a lo económico y político, Fusaro asigna a la estética un papel crucial en la resistencia y subversión. Propone que el arte y la literatura, con su capacidad para desafiar lo establecido y descubrir verdades ocultas, actúan como instrumentos poderosos contra la homogeneidad impuesta por el capitalismo. Aquí, el arte no es solo un espejo de la realidad sino también un campo de batalla para su reconstrucción y cuestionamiento.


Para Fusaro, “[e]n sentido estricto, el disenso debería ser una virtud constitutiva de las políticas democráticas". El acto de disentir, argumenta, no significa necesariamente una oposición incondicional al poder; como oponerse solo por oponerse. En una comunidad democrática también puede darse una forma de disenso que reconozca que toda decisión necesita de un actuar comunicativo, que toda ley, lejos de ser definitiva, puede ser dialógica sin que esto implique desestabilizar la comunidad. Por el contrario, el disenso es coyuntural en todo sistema social que se proclama democrático.


Fusaro articula un llamado a la acción, a cuestionar lo que se acepta como inmutable y a explorar nuevas formas de existencia. En mi caso, nuevas formas de arte.


La sociedad atomizada de masas hace el disentir un rasgo de personalidad poco apropiado, aceptado socialmente o fomentado. El consenso y el conformismo son las dos caras de Jano. Y estas son las fuerzas que hay que entender pues configuran nuestra existencia y las debemos reconocer, siquiera modestamente, si aspiramos a moldear un futuro distinto. Es el pensamiento humano en toda su vastedad y contradicción.


En un tiempo saturado de datos (los datos nunca son los datos), pero desprovisto de sabiduría, Fusaro emerge como un clarividente, instándonos a redescubrir el diálogo perdido entre el yo y el cosmos, entre la tradición y nuestro tiempo.



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