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  • Writer's pictureElidio La Torre Lagares

Los seres residuales en La fábrica, de Hiroko Oyamada

Updated: Sep 2, 2023

Cuando lo novedoso se vuelve repetición, damos paso a un museo de la obsolescencia. Una estela de desechos. Un deshuesadero. Tal es el destino de los seres humanos desechables bajo el modelo de la modernidad.


[Right] Hiroko Oyamada ©Shinchosha Publishing Co.,Ltd. / [Left] cover design © New Directions Publishing

Efímero, veloz y contingente. Así definió Baudelaire al período de ordenamiento social y económico reconocido como la Modernidad, en referencia a la manera en que comenzamos a percibir el tiempo. Una forma de la experiencia vital, la llama Berman; una experiencia del propio ser y de los otros, de las posibilidades y riesgos de la vida, así como del espacio y del tiempo. Y el tiempo, si existe, es una formulación de comienzos y finales constantes que se suceden el uno al otro en una dialéctica donde lo primordial es el sentido de lo próximo, lo que sucederá o está por suceder.

Desde el llamamiento modernista de Ezra Pound que urgía a hacerlo todo nuevo, no hay criatura del tiempo más obvia que nuestra fascinación por lo novedoso. No obstante, cuando lo novedoso se vuelve repetición, damos paso a un museo de la obsolescencia. Una estela de desechos. Un deshuesadero.

Tal es el destino de los seres humanos desechables bajo el modelo de la modernidad. Un limbo de producción y consumo cuya primera incertidumbre es el hasta-cuándo. Es decir, ya no somos parte del mundo moderno, dice Zygmunt Bauman en Vidas desechables; por tanto, nos convertimos en desechos humanos residuales. Este es, precisamente, el mundo metaforizado en La Fábrica, opera prima de la Millenial residente de la literatura japonesa, Hiroko Oyamada.

Publicada en su idioma original en el 2013 y traducida al español en el 2020, La Fábrica es una novela proletaria sobre el mundo laboral japonés del cual la autora fue participe luego de licenciarse en literatura japonesa y no encontrar un trabajo inmediato. No por ser común el hecho deja de ser una realidad absurda. La ausencia de correspondencia lógica invoca a Camus mientras Oyamada convierte su frustración de vida en literatura.

Oyamada boceta el ambiente en una fábrica en Japón a través las perspectivas de Yoshiko Ushimada, una joven recién graduada de artes liberales; su hermano, corrector de pruebas que cruza la novela sin que se mencione su nombre; y Yoshio Furufue, un académico que padece del síndrome del impostor. Los tres trabajan en una fábrica donde se producen objetos aparentemente inútiles y que nunca verán la luz del día.

La novela se hace una novela sumamente dependiente de la dimensión perceptual de las tres perspectivas protagonistas. La dificultad de la lectura reside, probablemente, en que en ningún momento se le indica al lector quién habla o quién ve, lo que subraya el tema del amasamiento humano dentro de la fábrica.

La fábrica se alza majestuosa en el centro de la ciudad. Un imponente coloso que abarca todo lo que se extiende dentro de sus límites, desde las líneas de producción y las máquinas estridentes hasta la amplia gama de servicios que satisfacen todas las necesidades de los trabajadores: restaurantes, barberos, oficina de correos y hasta una capilla con un sacerdote.

Sin embargo, el problema no es de lo técnico.

El espíritu de las cosas muertas flota sobre la tierra y las aguas, y su aliento es de mal agüero, dijo el escritor checo Ivan Klima durante una cena en casa de un ejecutivo de la Ford Motor Company, y donde el primero le preguntó al anfitrión cómo se deshacían de los coches que quedaban fuera de uso. El empresario, que alardeaba del creciente número de nuevos automóviles que salían de la cadena de montaje, según se consigna en la anécdota que hace Bauman en su libro Vidas desperdiciadas, respondió que eso no era un asunto desafiante, pues todo lo que se fabricaba podía desaparecer sin dejar rastro. Lo demás es un mero problema técnico, afirmó.

Klima, autor de la novela El amor y la basura, conocía que estos coches eran aplanados por prensas gigantescas que los reducían a bloques de chatarra. Las cajitas de chapa, como él les llama, no desaparecen del mundo. Es basura que se transforma en más basura. La chapa puede ser fundida y reusada en la fabricación de nuevos coches, que volverán a ser chatarra en el futuro, por lo que, no, no es un problema técnico, concluyó Klima. La basura solo genera más basura.

Bauman elabora un comentario sobre la deshumanización en la sociedad contemporánea y la alienación del individuo en el mundo laboral y su lectura hace buen maridaje con La fábrica de Oyamada. Ambas obras exploran la idea de que las personas son vistas como recursos económicos y que su valor se mide únicamente por la capacidad que tengan para generarle ganancias a las empresas en las que trabajan. A aquellos que no cumplen con las expectativas corporativas se les aparta como seres residuales o desechos humanos. A fin de cuentas, lo que no deja, se deja.

Yoshiko, su hermano y Furufue no son individuos; son solo recursos. Yoshiko trabaja destruyendo documentos; su hermano los corrige. Su precariedad laboral viene matizada por la paranoia orwelliana y la claustrofobia kafkiana, elementos deshumanizantes a los que se contrapone la presencia del mundo natural representado en el musgo que rodea la fábrica, las nutrias de río y los pájaros que parecen observar todo el tiempo a los enajenados trabajadores, que se sienten atrapados en un lugar donde lo que se produce no se consume, lo que se consume es la fuerza laboral.

«Todo se siente tan desconectado», dice Yoshiko; «Yo y mi trabajo, yo y la fábrica, yo y la sociedad… ¿Qué estoy haciendo aquí? ».

Tiene que haber algo más. Algo mejor. Yoshiko lo sabe. Y cuando lo resuelva, será libre. Como los pájaros que la observan.

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