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Informe secreto remitido al consejo superior de Ganímedes, por Q-Kito

  • Foto del escritor: Elidio La Torre Lagares
    Elidio La Torre Lagares
  • 21 ene
  • 11 Min. de lectura

Cuento que acaba de publicarse en el tomo 21 del Hostos Review, «Landscapes of Humor/ Parajes del humor». Aparece en la edición la traducción al inglés de D.P. Snyder.



Informe Secreto remitido al Consejo Superior de Ganímedes Año Solar 171 de Ganímedes | Año terrestre: 2025

Explorador: E.M.A.O. (Entidad Mnemónica de Avanzada Observación) Sector de Observación: Isla de Puerto Rico, Tierra


Clasificación: Codex VII-B / Anales de lo Improbable Emisión 1.0

Oh, Soberano Cabrón Muni, eminencia galáctica de Ganímedes. En el viaje hasta esta ínfima porción del planeta Tierra me dediqué a programar mi condicionamiento lingüístico para adaptarme al idioma de los locales, y en verdad, en verdad, las tormentas solares alteraron el chip. Ahora hablo hasta una variante que se llama Spanglish, infiltrada por el vernáculo boricua, el cual prolifera entre la gente de a pie, con uso singular y limitado de ciertas libertades semánticas. De una canción muy popular aprendí «Puerto Rico está cabrón», y no me quedará duda de eso. Creo. El signo «cabrón» es muy eficaz y puede tanto granjear aliados como causar conflictos. De todos modos, aquí estoy, según su voluntad, para la cual me creo en entera capacidad y con la babilla necesaria. Babilla: término que denota valor, aunque en esta región a menudo se manifiesta como violencia armada, según me dice el Predictive Algorithm for Polylingual Integration, y a quien ya le digo PAPI de cariño. PAPI también me dice que muchas veces tener babilla se demuestra a tiro limpio. No sé quién limpia los tiros, pero eso es así. Ya sé que le debe sonar raro, pero los boricuas son intensamente poetas para todo. El asunto es que cuando aterricé mi nave procuré hacerlo en un sitio poco discreto, según me instruyera usted, Oh, Soberano Muni. Los boricuas no se sorprenden con nada y una nave espacial es tan alarmante como un carrito de helados.

En fin, una vez descendí en un lugar que llaman El Escambrón, a la gente le valió un güevo en qué yo había llegado —en una nave espacial—e igual me cayeron a tiros, por lo que desistí de salir de la nave y opté por un lugar menos conspicuo, al que llaman Río Piedras. Allí, me recibieron con cordialidad. Entré a un local nombrado El Boricua, donde los nativos consumen una bebida efervescente llamada cerveza. Me integré, en la medida que mi programación lo permitió.


El chip sigue glitcheando, Oh, Soberano Muni. Espere mi próximo informe.


Clasificación: Codex VII-B / Anales de lo Improbable Emisión 2.0

Oh, Soberano Muni, en su última emisión telepática usted me ha dicho pendejo y que qué mierda le importa a usted el cannabis. A veces usted tiene la arrogancia de los humanos, que es inquebrantable. No pierda la paciencia conmigo. Le aseguro que encontraré a mi madre, aunque sea difícil, pues en esta aldea minúscula, que no rebasa los trescientos mil vecinos, cada uno presume descender ya del Delfín de Francia, ya de Carlo Magno, o al menos de un eco empobrecido de la casa de Austria, cuando no son descendientes de abuelas españolas. Sin embargo, la cifra real de habitantes encubiertos — negros, mulatos, encerradas en la penumbra demográfica— rebasa las dos terceras partes. Hay que joderse, Oh, Soberano Muni. Pero le cuento: luego de mis consideraciones con la fumadera de pasto, me sentí más en sintonía con el corrillo. Dos mujeres se acercaron a mí y me preguntaron de dónde yo era y por qué era tan cabezón, y les dije que venía del Reino de Muni, en Ganímedes, luna de Jupiter. Se rieron. Me preguntaron el nombre y les dije que me llamaba Q-Kito. Volvieron reír como locas y yo también, porque me daba risa escucharlas reír y ellas se reían de mi risa y así estuvimos largo rato. Decían que mi risa sonaba a un burro con asfixia, cosa que estoy por investigar. Debe ser por la laringe extendida que tenemos los ganimedianos.

Anyway, una de ellas, que dijo llamarse Sasha, sacó una vejiga de animal llena de Blue Bull, que es una mezcla de ron isleño y una bebida energizante llamada Red Bull. Explosiva, Oh Soberano Muni, y ni a Sasha ni a Ninoshka Marie, como se llamaba la segunda, les pareció afectarle. Sasha era alta, corpulenta, ébano tallado a la perfección; Ninoshka Marie tenía el pelo de zanahorias y la cara salpicada de insinuaciones de melanina. A mí, la bebida me pareció un néctar de los que emanan de las fuentes de fresoquideas en Ganímedes. Le digo, Oh, Soberano Muni, que en el margen anónimo de una fiesta olvidada, estas boricuas —incansables en su tarea de contrariar a la muerte— mezclaron dos líquidos opuestos en su esencia: el Red Bull, promesa alquímica de alas y vigilia, y el Ron 151, encarnación feroz de la embriaguez y la caída, y hasta pensé que sería útil para arrancar cualquier motor o encender incendios forestales en planetas menores de esos que conquistamos. Encima de eso, aparecieron más humos verdes en forma de porro.


Esa mezcla —que unos llamarían temeridad y otros, ritual secreto—es menos una bebida que una invocación sin fe: invocar la exaltación total del cuerpo mientras se entrega simultáneamente a su ruina. Consumir esta mezcla es pretender, aunque sea por instantes, burlar la linealidad del tiempo: saltar de la lucidez a la amnesia, del vértigo al abismo, en un solo sorbo. Por supuesto, me dije a mí mismo: «Que se joda», y tomé escuchando una música extraña y pegajosa que llaman reggaetón. Oh, Soberano Muni, bien duro. Le di pa’ bajo. Luego apareció más de la yerba que el jodón de calle, con pereza o afecto, nombra marihuana. Los árabes la cultivaron en sus jardines ocultos como quien guarda una llave para entrar en los patios interiores del alma. Los ascetas hindúes, temerosos de la precariedad de la vigilia, la fumaron en lentas ceremonias para recordar que lo que llamamos el mundo no es más que un enjambre de imágenes desordenadas. Mi interés, Oh, Soberano Muni, era enteramente científico. A fuego. What the fuck?


Creo que no existen actos triviales: cada elección, incluso la de un vaso, encierra el eco de todas las eternidades posibles y perdidas. Excepto si una de las mujeres con las que yo bailaba, Ninoshka Marie, la colorá, suponía ser la compañera del bichote al que llamaban El Josco, que en esta tribu es como un cargo superior parecido al suyo, Oh, Soberano Muni. El tipo llegó allí, encojona’o, y preguntó quién era este mamabicho. El mamabicho era yo, por supuesto, Oh, Soberano Muni, y la palabra alude a un individuo que es humillado por medio de la práctica de la felatio. Usted sabe, bajar al pilón. Bajar al pozo. Conferencia de prensa. Chupa chupa. The works. Me dio risa porque los ganimedianos tenemos los dos órganos sexuales de los humanos y no me hacía sentido tampoco, porque nuestra conducta de placer, como bien nos he enseñado usted, Oh, Soberano Muni, es metafísica y de contacto bioenergético. Pero El Josco lo tomó a mal y me dijo y que cabrón, ¿de qué te ríes? ¿Quieres que te tumbe los dientes? Y yo le respondí, en medio del éxtasis vegetal que produce el humo verde, «Chupa aquí pa’ ver que sientes». No me dio tiempo a reírme porque se abalanzó sobre mí como un toro, pero Sasha y Ninoshka Marie salieron a defenderme y entonces él las golpeó porque nadie les había dado vela en aquel entierro, y yo pensé que era mi entierro, y que me matarían, así que salí a defenderlas diciendo si le dan a ellas, me dan a mí, cosa que no tardaron en cumplir y me molieron a puños, patadas, y hasta creo que sentí un bate de jugar béisbol en las costillas. Luego le cuento sobre el maravilloso deporte del béisbol, Oh, Soberano Muni, donde un humano lanza una esfera a 90 millas por hora y otro pretende golpearla con un baturro de madera. Un prodigio. Pero me golpearon hasta dejarme sin fuerzas físicas.


Lo último que vi fue a la gran Sasha levantarse y derribar a cuanto lambetuerca acompañaba al Josco. Luego explicaré qué es un lambetuerca. Lo que sí diré es que, mientras cerraba los ojos, no dejaba de sonreír. Esa Sasha golpeaba como hombre. Quizá era de nuestro planeta y tenía los dos órganos sexuales también. Fui feliz.


Clasificación: Codex VII-B / Anales de lo Improbable Emisión 2.2

Cabrón, Muni, ya sé que mi vieja es boricua y que era solo cuestión de tiempo en lo que me salía el boricua interior. ¡Pues lo soy! ¡Pa que tú lo sepas! La conversión es irreversible y ya hasta quiero vestir escafandra de la bandera de Puerto Rico. Ayer me fui con Sasha y más del humo verde en mi nave a gritarle «¡Wepa!» a la gente en el tapón hacia Caguas. El «tapón» es un ritual inadvertido de embotellamiento vehicular: miles de automóviles, esas caducas prolongaciones metálicas del cuerpo humano, se congregan no para avanzar sino para detenerse. Y encima contaminan el jodido planeta. Es un extraño pacto: los individuos, que creen moverse hacia una meta, consagran largas horas a no moverse. Cada vehículo es una célula aislada, una mínima cápsula de tiempo detenido, y cada conductor es un monje involuntario, atrapado en la ceremonia de la espera. La verdad más íntima es otra: el tráfico detenido es una representación fiel del universo.


La isla, aunque pobre en equidades o libros, es pródiga en frutos: plátanos abundantes, arroz modesto, naranjas dulces como un recuerdo que se resiste a morir. De la piña y del limón se extraen aromas casi inmortales, y aunque no hay granaduvas como las de las riberas antiguas de la Ciudad de Muni, los campos reviven en silenciosa obstinación, aunque todo el mundo quiere un trabajo con maletín y corbata o ser abogado. More on that later, Oh, Soberano Muni. Digo, cabrón.


La pobreza no es solamente obra de la pereza ni del clima, sino también del cerco continuo de enemigos: los políticos corruptos, el gobierno colonial, las tempestades, todos saqueadores que reducen a la isla a una soledad de asedio permanente. Los habitantes, por costumbre o desesperanza, no pescan, no cazan, no buscan redención en la industria y prefieren sobrevivir comprando cosas en un súper fortín de víveres que se llama Costco. No es gratuito ni de intercambio, como en la Ciudad de Muni, y ahí sí que te la doy, cabrón.


Bueno, pues la gente del tapón nos vio y se formó tremenda conmoción. Como dicen aquí, se cagó medio mundo. Yo me fui con Sasha a una comarca junto al mar, Loíza, donde el tiempo, fatigado de sus reiteraciones, parece detenerse en el acto elemental de freír un alimento. No es un manjar sofisticado ni una invención de alquimistas: es apenas un trozo de bacalao, inmerso en una pasta simple y dorado en aceite ardiente. Lo llaman bacalaíto, como quien disminuye el nombre para conferirle afecto o humildad y no parecer que uno es un tragón.


Pero la humildad de los bacalaítos es engañosa. Quien los prueba, entiende —aunque no sepa decirlo— que no está comiendo sólo pescado ni harina, sino una síntesis de muchas historias olvidadas: la diáspora de los vascos que comerciaron el bacalao seco; la astucia de los esclavos africanos que improvisaron festines con lo escaso; la devoción de las mujeres loiceñas que, como artesanas de la transitoriedad, saben que todo banquete verdadero es una victoria contra el tiempo.


La señora que nos atendió —una mujer de facciones rígidas, pero bondadosas— no quiso cobrarnos, como si el intercambio de monedas fuera un acto irrelevante frente a lo que había de enseñarnos. Con una voz que parecía recordar más que enunciar, dijo que yo era hijo de Elegguá, el mensajero entre los mundos, el guardián de todos los caminos posibles y de todas las encrucijadas imaginables. Afirmó que su potestad no conoce fronteras, pues se extiende tanto en el mundo visible como en ese otro, más vasto y verdadero, que apenas entrevemos en sueños. Para que entiendas, cabrón, Elegguá es quien abre y quien clausura los portales, quien decide, con un ademán secreto, el acceso o el extravío a los otros niveles de existencia, que no son menos reales por ser invisibles. Así, en un acto que fue menos hospitalidad que conjuro, nos dejó entrever que toda puerta abierta es un enigma y que todo encuentro —aun este, trivial en apariencia— participa del antiguo y sagrado juego del tránsito entre las esferas.


Creo que me quedaré en Loíza para siempre.


Clasificación: Codex VII-B / Anales de lo Improbable Emisión 3.0

Oh, Soberano Cabrón Muni, ¿cómo que no me puedo quedar? ¡No voy a volver un carajo! Tengo asuntos que arreglar aquí con dos o tres mamabichos. Sí, eso; lo dije otra vez. Sabrás que mientras el sol parecía repetirse como un antiguo dios menor, se nos acercó Doña Milla con dos alcapurrias. No es, como se podría pensar, una simple fritura. Es un artefacto comestible, una cápsula de historia envuelta en masa, un acto de mestizaje vuelto costumbre y fuego.


Consiste en una envoltura de yautía y plátano verde, raíces arrancadas con esfuerzo de la tierra, trituradas hasta parecer olvido. En su interior —como en todo mito que se respeta— hay un corazón de carne sazonada, a veces de cangrejo, a veces de res, a veces de otro tiempo. La alcapurria se sumerge luego en aceite, como si cada ejemplar repitiera, en miniatura, el destino del pendejo de Ícaro: ascender al ardor y ser transformado por él. He visto hombres comérsela con devoción y prisa, como si intuyeran —sin saberlo— que ese bocado los sitúa en una genealogía secreta, donde conviven el machete del jíbaro, el condimento del cimarrón y la memoria andaluza del adobo.


La alcapurria no se sirve con ceremonia. Pero aquella mujer de manos ungidas en aceite y sal me ofreció la alcapurria envuelta en papel y silencio. Y cuando la probé, recordé que mi misión era encontrar a mi madre, cuyo cuerpo era de bruma y cálculo. Yo, que en mi corta estadía había caminado entre los humanos sin comprender sus ruidos, ni sus danzas, ni sus dolores, sentí aquella masa tocar mi lengua y el universo cambió de forma. Yo, el viajero sin patria, tuve una revelación. Le dije a doña Milla:

«Tú no me diste la vida, pero me diste su sabor. Por eso te llamaré madre». Y sentí misión cumplida y mi identidad completada: Ya yo era boricua, pa que tu lo sepas.

Y así fue cómo, por una fritura dorada bajo el sol de Loíza, una estrella adoptó la carne, una historia digna del Libro de los Sabores Perdidos.


Y justo nos decorábamos en sus delicias, cuando llegaron los lambetuercas del Bichote, y vieron a Sasha, que les había dado de arroz y de masa la noche anterior, y se pusieron como guavás —que no sé en realidad lo que son dichos “guavás”, pero así dicen aquí—, y sacaron sus armas y dijeron: «A ver si tienen babilla, cabrones», y abrieron fuego como si rociaran plomo en un jardín de vacas. Me tomó por sorpresa, pero mi mente ganimídica, como bien sabes, cabrón Muni, es adimensional y ve presente, pasado y futuro, y, pues, se protegió, a ella y a mí, pero no a Sasha ni a doña Milla. La Sasha sacó su arma de donde quiera que la tuviese escondida —no podía ser una película de Chuck Norris, y me importa un carajo si no sabes quién es, cabrón— y se batió a tiros con los lambetuercas, que por lambetuercas eran bestias, y dispararon a diestra y siniestra, que es como le dicen a las extremidades superiores aquí, y se cargaron a la Sasha y a doña Milla y a medio mundo más, menos a mí, el protegido de Elegguá.

Ya sé a quiénes limpian los tiros.


Aunque este fragmento de la Tierra se revela como un espejo roto del Paraíso prometido: hay hambre y mayor es la falta de medios para combatirla; donde quieran matan a una persona, a dos y a tres, o como ocurrió en Piñones, como a siete. La brisa acaricia, pero el sustento escasea; la memoria de catástrofes pasadas justifica la parálisis presente. Es una isla sitiada por su propia fatalidad, que es ser colonia de un imperio que se hunde como el Titanic. Me importan tres cojones si no sabes lo que es el Titanic, foquin Muni. La carencia es una alegoría, cada fruta una nostalgia de lo imposible.


Pero ya cumplí mi misión. Que se joda. ¿Contento? Encontrar el origen es también una forma de muerte.


Elevo este informe con la esperanza de que se conserve en los Archivos Imaginarios de Ganímedes, donde quizás algún lector —o soñador— lo encontrará un día, y pensará que todo esto no sucedió, sino que fue apenas soñado.


Mientras tanto, lloraré a mi madre. Lloraré a Sasha. Flotaré sin

patria.


Oh, Soberano Cabrón Muni, no vale la pena invadir el dolor.


Firmado:

Q-Kito

E.M.A.O. (Explorador Menor de la Alta Oficina)

P.D.

Si no me convierto en bichote, quizá entre a la política por algún partido con posibilidades de ganar. More on that later.

 
 
 

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